El chanchito · 10 enero 2008, 17:29

, Fela Tylbor , Comentarios

Mi madre guarda muchos tesoros en la caja que las madres solemos tener, para proteger de manos irresponsables, los trofeos que el paso del tiempo deja en cada familia. A veces, cuando mi visita es más larga de lo habitual y no me apura la obligación de cumplir con los horarios cotidianos, ella busca la caja que reposa en el fondo del placard y, entre mate y mate, jugamos al juego de hacer rodar la memoria íntima que compartimos.
Fotos viejas; facturas en australes de objetos comprados que ya no existen; mis boletines de la primaria; ese botón irreemplazable buscado durante meses en los rincones de la casa; el número de teléfono de alguien; un alfiler de gancho; mi libreta de ahorro.

Yo tenía seis años, creo, y mi abuelo –viejo habitante de Madryn – había venido a visitarme a Buenos Aires. Una mañana, mi mamá me puso mi pollerita más linda, el mejor tapadito, me hizo un rodete y allí fui, de la mano de ese raro y triste personaje de mi infancia, rumbo a la Caja de Ahorro de la Nación.
El tamaño de la puerta del edificio sobrepasaba los límites imaginables. Detrás de los mostradores sucedían cosas que mi pequeña estatura no podía divisar, pero que seguramente eran muy importantes. No por nada mi abuelo se había puesto para la ocasión un saco y una corbata y lo que es más: hasta se había afeitado. Yo sentía que su paso seguro era muestra de felicidad. No sabía muy bien por qué, pero lo SABÍA.
Después de un rato, me dio una libreta y me dijo: “Esta es la base de tu futuro. Ahora vas a poder ahorrar y el día de mañana vas a tener mucha plata y vas a poder comprarte todo lo que quieras. Acordáte de esto: en este mundo, el que no ahorra, está perdido.”
Yo mucho no entendí, pero lo que me quedó claro era que algo comenzaba y que ese algo era lo mejor que podía haber empezado. Con esa sensación, me dispuse a darles maíz a las palomas de la plaza Congreso.
Después de unos días, mi abuelo volvió al sur, a perderse en su derroche de alcohol y soledad y yo me olvidé de la libreta. Mi madre y mi padre también.
Ahora, cuando entre mate y mate miramos la estampilla de un peso y el color amarillento de las hojas, mamá y yo nos reímos mientras pensamos en los viejos tiempos en que la frase “El ahorro es la base de la fortuna”, era el leit motiv de las lecturas en los libros escolares, el slogan del argentino medio, el camino hacia un futuro construido a través del esfuerzo, la perseverancia y el trabajo. Un futuro asegurado en las libretas de ahorro, los chanchitos y los colchones. Un futuro depositado en los bancos cuando todavía no los habían acorralado. Un futuro respaldado en oro, tesón y orgullo nacional.

Después, el oro y todo lo demás se lo llevaron sin que mi abuelo se enterara. En ese futuro, tan distinto al que él imaginaba y que ahora es el presente, es donde vivo. Para vivir, una de las cosas que hago es ir al supermercado. En el súper, suelo llenar un carro a principio de mes. Después de llenarlo, pago y coloco el contenido en el baúl del auto.
En eso estábamos con mis hijos, cuando el pibe apareció para ayudarnos. Mientras trasladaba las bolsas empecé a charlar con él.
-¿Cómo te llamás? – Walter. – ¿Y cuántos años tenés? – Siete. – Entonces vas a… – Segundo. – Ah… ¿vivís lejos de acá? – Allá por los piletones. – ¿Y te volvés solo hasta allá? – No, vamos en colectivo con mi hermano. – Viniste con tu hermano… – Él está allá, haciendo un carro.
-¿Y qué hacés con la plata que ganás acá? – La agarro. – Ah, ¿y después de agarrarla? – La guardo. – Pero, ¿para siempre la guardás? – … – ¿No la sacás nunca más? – Sí, la saco para comprarme algo. – ¿Y qué te querés comprar? – Un chanchito.

Podría haber continuado mi interrogatorio, averiguando qué era lo iba a hacer cuando llenara el chanchito. Pero no pude. El golpe directo al estómago de las palabras de Walter, me dejó sin habla. Ahí estaba, con sus siete años, pensando en su porvenir. Ahí está Walter, empezando a construir su futuro a la salida del supermercado.
Nosotros, con nuestras bolsas llenas de fruta y yogures, Walter con su chanchito argentino. Nosotros con nuestras culpas de clase media, Walter con el sueño del chancho lleno vaya a saber para qué. Nosotros, con nuestras disquisiciones acerca de si es bueno o no darle las monedas por ayudarnos con las bolsas, si no es fomentar el trabajo de menores, si no es tapar agujeros que otros deben arreglar; Walter, esperando las monedas con naturalidad, sin preguntarse nada. Todavía.
Cuando volvíamos a casa, los tres en silencio, las palabras de Walter seguían golpeándome bajo. Más bajo aún cuando pensaba que los siete años de él eran los mismos que los de mi sobrinito, que no sueña con chanchitos salvadores, porque mientras Walter espera las monedas, mi sobrinito, sin saberlo, está salvado. Todavía.

Mi madre guarda muchos tesoros en la caja que las madres solemos tener, para proteger de manos irresponsables, los trofeos que el paso del tiempo deja en cada familia. A veces, cuando mi visita es más larga de lo habitual y no me apura la obligación de cumplir con los horarios cotidianos, ella busca la caja que reposa en el fondo del placard y, entre mate y mate, jugamos al juego de hacer rodar la memoria íntima que compartimos.
Fotos viejas; facturas en australes de objetos comprados que ya no existen; mis boletines de la primaria; ese botón irreemplazable buscado durante meses en los rincones de la casa; el número de teléfono de alguien; un alfiler de gancho; mi libreta de ahorro.

Yo tenía seis años, creo, y mi abuelo –viejo habitante de Madryn – había venido a visitarme a Buenos Aires. Una mañana, mi mamá me puso mi pollerita más linda, el mejor tapadito, me hizo un rodete y allí fui, de la mano de ese raro y triste personaje de mi infancia, rumbo a la Caja de Ahorro de la Nación.
El tamaño de la puerta del edificio sobrepasaba los límites imaginables. Detrás de los mostradores sucedían cosas que mi pequeña estatura no podía divisar, pero que seguramente eran muy importantes. No por nada mi abuelo se había puesto para la ocasión un saco y una corbata y lo que es más: hasta se había afeitado. Yo sentía que su paso seguro era muestra de felicidad. No sabía muy bien por qué, pero lo SABÍA.
Después de un rato, me dio una libreta y me dijo: “Esta es la base de tu futuro. Ahora vas a poder ahorrar y el día de mañana vas a tener mucha plata y vas a poder comprarte todo lo que quieras. Acordáte de esto: en este mundo, el que no ahorra, está perdido.”
Yo mucho no entendí, pero lo que me quedó claro era que algo comenzaba y que ese algo era lo mejor que podía haber empezado. Con esa sensación, me dispuse a darles maíz a las palomas de la plaza Congreso.
Después de unos días, mi abuelo volvió al sur, a perderse en su derroche de alcohol y soledad y yo me olvidé de la libreta. Mi madre y mi padre también.
Ahora, cuando entre mate y mate miramos la estampilla de un peso y el color amarillento de las hojas, mamá y yo nos reímos mientras pensamos en los viejos tiempos en que la frase “El ahorro es la base de la fortuna”, era el leit motiv de las lecturas en los libros escolares, el slogan del argentino medio, el camino hacia un futuro construido a través del esfuerzo, la perseverancia y el trabajo. Un futuro asegurado en las libretas de ahorro, los chanchitos y los colchones. Un futuro depositado en los bancos cuando todavía no los habían acorralado. Un futuro respaldado en oro, tesón y orgullo nacional.

Después, el oro y todo lo demás se lo llevaron sin que mi abuelo se enterara. En ese futuro, tan distinto al que él imaginaba y que ahora es el presente, es donde vivo. Para vivir, una de las cosas que hago es ir al supermercado. En el súper, suelo llenar un carro a principio de mes. Después de llenarlo, pago y coloco el contenido en el baúl del auto.
En eso estábamos con mis hijos, cuando el pibe apareció para ayudarnos. Mientras trasladaba las bolsas empecé a charlar con él.
-¿Cómo te llamás? – Walter. – ¿Y cuántos años tenés? – Siete. – Entonces vas a… – Segundo. – Ah… ¿vivís lejos de acá? – Allá por los piletones. – ¿Y te volvés solo hasta allá? – No, vamos en colectivo con mi hermano. – Viniste con tu hermano… – Él está allá, haciendo un carro.
-¿Y qué hacés con la plata que ganás acá? – La agarro. – Ah, ¿y después de agarrarla? – La guardo. – Pero, ¿para siempre la guardás? – … – ¿No la sacás nunca más? – Sí, la saco para comprarme algo. – ¿Y qué te querés comprar? – Un chanchito.

Podría haber continuado mi interrogatorio, averiguando qué era lo iba a hacer cuando llenara el chanchito. Pero no pude. El golpe directo al estómago de las palabras de Walter, me dejó sin habla. Ahí estaba, con sus siete años, pensando en su porvenir. Ahí está Walter, empezando a construir su futuro a la salida del supermercado.
Nosotros, con nuestras bolsas llenas de fruta y yogures, Walter con su chanchito argentino. Nosotros con nuestras culpas de clase media, Walter con el sueño del chancho lleno vaya a saber para qué. Nosotros, con nuestras disquisiciones acerca de si es bueno o no darle las monedas por ayudarnos con las bolsas, si no es fomentar el trabajo de menores, si no es tapar agujeros que otros deben arreglar; Walter, esperando las monedas con naturalidad, sin preguntarse nada. Todavía.
Cuando volvíamos a casa, los tres en silencio, las palabras de Walter seguían golpeándome bajo. Más bajo aún cuando pensaba que los siete años de él eran los mismos que los de mi sobrinito, que no sueña con chanchitos salvadores, porque mientras Walter espera las monedas, mi sobrinito, sin saberlo, está salvado. Todavía.

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Animalitos · 15 diciembre 2007, 21:48

, Fela Tylbor , Comentarios

a Nala

Estábamos comiendo pollo al horno cuando Martín, mi hijo mayor, que ese mediodía tenía casi cuatro años, se puso a filosofar mientras miraba la fuente en la que yacía el ave rodeada de papas: “Los animales tienen que vivir, respirar, dormir, jugar. No tienen que morirse. Podemos comer un chancho o una persona.”
No, no crean que Martín estaba expresando ocultos deseos antropófagos con su afirmación. Seguramente se había enternecido pensando en el pollo cuando estaba vivo, con plumas, correteando por la granja. Seguramente, también, su cadena de asociaciones lo habrá llevado a pensar en gatos, perros, caballos, pajaritos. Y los habrá imaginado viviendo, haciendo todo eso que hacen los animales y que disfrutamos en nuestras mascotas, o cuando miramos por la ventanilla cuando nos vamos de viaje o en los documentales de Discovery Channel. Y al imaginarlos así, seguramente habrá sentido ternura, ganas de acariciar, de jugar, de corretear junto a ellos. Y al pensar en las personas, no habrá sentido la misma ternura y las mismas ganas de proteger que generan los animales. Quizás por eso expresó su deseo de comer una persona en lugar del pollo muerto con el que nos estábamos alimentando. ¿Y el chancho? Bien, gracias. Jamás pude explicarme la elección del chancho.

Tenía razón Martín, ese mediodía de hace dieciséis años. Los animales tienen que vivir, respirar, dormir, jugar. Ronronearnos a la siesta, cuando el sol viene desde allá lejos para acunarnos. Darnos la pata para mostrarnos cuánto nos quieren. Los animales tienen que apoyar su hocico en nuestra falda y dejarse acariciar. Parir animalitos para hacernos vivir una vez más lo maravilloso de la maternidad, el instinto, la necesidad de proteger. Jugar con el ovillo de lana o un simple hilo, ensayando con movimientos rápidos la futura caza de un gorrión o un ratón. Estirarse con ondulación felina, solo para volver a acomodarse y seguir durmiendo otra vez, mientras huimos hacia el trabajo porque estamos llegando tarde. Ser guardianes responsables y ladrar cada vez que pasa un auto o un papel o se mueven un poco las hojas del árbol del vecino.
Hablo de perros y gatos porque es lo que conozco. Porque durante estos años que tengo vienen acompañándome, pasando por mi vida, escapándose, haciendo pozos, llenando la casa de pelos, mirándome con ternura, pidiéndome mimos. Perras, perros, gatos y gatas habitantes de los numerosos domicilios en que viví. Animalitos y animalitas habitantes de las casas de amistades y parientes, con sus gustos, sus costumbres, sus propias personalidades.

Maullidos de Nala, exiliada en el jardín a causa del asma humano; Julieta y la Puli Puli, que parieron con días de diferencia y criaron a sus cachorros en forma comunitaria; la Ritz, que compite conmigo por la atención de mi amiga que a la vez es su dueña; Don Ernesto, que supo pelearse por las noches por cuanta gata se le cruzara, hasta que su dueña decidió terminar con tanta lastimadura y ahora anda castrado y sanito; Princesa, una perra encerrada en el cuerpo de una gata, fiel como un pichicho a la mujer que un día la adoptó; Floro, nacido con apariencia femenina bajo el original nombre de Flora, pero que un día nos sorprendió dejando asomar su masculinidad entre las patas; Arturito, recostado en la siesta cordobesa sin la menor intención de cumplir con el instinto guardián atribuido a los ejemplares de su especie; el Semigato, que venía a veces de visita y por eso nunca fue nuestro gato enteramente.
La persistencia de Biblia negra y sin estrellas, alias Estrella, que durante dos meses luchó contra mi indiferencia para lograr que me transformara en su dueña, y lo logró; la fidelidad silenciosa de Ozzy, acompañando a su dueño en las largas tardes; la torpeza de Casiperro, con esa mirada de no entender por qué el mundo le queda tan chico; Merlina, ese ser peludo que tuve que dejar cuando una vez me fui de Madryn; la Nena, hablando con mi mamá en un idioma que ella dice entender.

Hablo de perros y gatos, perras y gatas, que tienen que vivir, dormir y jugar. Que no tienen que morirse.
Pero se mueren.
Sin velorio ni salutaciones, sin flores ni rituales, simplemente se mueren. No dicen últimas gloriosas frases en el lecho de muerte ni reparten sus riquezas entre los feudos.
Se mueren. Así nomás. Dejando el platito de la comida y su lugar preferido a la sombra o al sol, porque sobre gustos no hay nada escrito. Así nomás.
Con aviso, sin aviso. Poniendo ausencia en lugar de calor. Haciéndonos pensar en la muerte y los ciclos. Recordándonos que nada es eterno, ni siquiera las personas, aunque no nos sirvan al horno y con papas.

a Nala

Estábamos comiendo pollo al horno cuando Martín, mi hijo mayor, que ese mediodía tenía casi cuatro años, se puso a filosofar mientras miraba la fuente en la que yacía el ave rodeada de papas: “Los animales tienen que vivir, respirar, dormir, jugar. No tienen que morirse. Podemos comer un chancho o una persona.”
No, no crean que Martín estaba expresando ocultos deseos antropófagos con su afirmación. Seguramente se había enternecido pensando en el pollo cuando estaba vivo, con plumas, correteando por la granja. Seguramente, también, su cadena de asociaciones lo habrá llevado a pensar en gatos, perros, caballos, pajaritos. Y los habrá imaginado viviendo, haciendo todo eso que hacen los animales y que disfrutamos en nuestras mascotas, o cuando miramos por la ventanilla cuando nos vamos de viaje o en los documentales de Discovery Channel. Y al imaginarlos así, seguramente habrá sentido ternura, ganas de acariciar, de jugar, de corretear junto a ellos. Y al pensar en las personas, no habrá sentido la misma ternura y las mismas ganas de proteger que generan los animales. Quizás por eso expresó su deseo de comer una persona en lugar del pollo muerto con el que nos estábamos alimentando. ¿Y el chancho? Bien, gracias. Jamás pude explicarme la elección del chancho.

Tenía razón Martín, ese mediodía de hace dieciséis años. Los animales tienen que vivir, respirar, dormir, jugar. Ronronearnos a la siesta, cuando el sol viene desde allá lejos para acunarnos. Darnos la pata para mostrarnos cuánto nos quieren. Los animales tienen que apoyar su hocico en nuestra falda y dejarse acariciar. Parir animalitos para hacernos vivir una vez más lo maravilloso de la maternidad, el instinto, la necesidad de proteger. Jugar con el ovillo de lana o un simple hilo, ensayando con movimientos rápidos la futura caza de un gorrión o un ratón. Estirarse con ondulación felina, solo para volver a acomodarse y seguir durmiendo otra vez, mientras huimos hacia el trabajo porque estamos llegando tarde. Ser guardianes responsables y ladrar cada vez que pasa un auto o un papel o se mueven un poco las hojas del árbol del vecino.
Hablo de perros y gatos porque es lo que conozco. Porque durante estos años que tengo vienen acompañándome, pasando por mi vida, escapándose, haciendo pozos, llenando la casa de pelos, mirándome con ternura, pidiéndome mimos. Perras, perros, gatos y gatas habitantes de los numerosos domicilios en que viví. Animalitos y animalitas habitantes de las casas de amistades y parientes, con sus gustos, sus costumbres, sus propias personalidades.

Maullidos de Nala, exiliada en el jardín a causa del asma humano; Julieta y la Puli Puli, que parieron con días de diferencia y criaron a sus cachorros en forma comunitaria; la Ritz, que compite conmigo por la atención de mi amiga que a la vez es su dueña; Don Ernesto, que supo pelearse por las noches por cuanta gata se le cruzara, hasta que su dueña decidió terminar con tanta lastimadura y ahora anda castrado y sanito; Princesa, una perra encerrada en el cuerpo de una gata, fiel como un pichicho a la mujer que un día la adoptó; Floro, nacido con apariencia femenina bajo el original nombre de Flora, pero que un día nos sorprendió dejando asomar su masculinidad entre las patas; Arturito, recostado en la siesta cordobesa sin la menor intención de cumplir con el instinto guardián atribuido a los ejemplares de su especie; el Semigato, que venía a veces de visita y por eso nunca fue nuestro gato enteramente.
La persistencia de Biblia negra y sin estrellas, alias Estrella, que durante dos meses luchó contra mi indiferencia para lograr que me transformara en su dueña, y lo logró; la fidelidad silenciosa de Ozzy, acompañando a su dueño en las largas tardes; la torpeza de Casiperro, con esa mirada de no entender por qué el mundo le queda tan chico; Merlina, ese ser peludo que tuve que dejar cuando una vez me fui de Madryn; la Nena, hablando con mi mamá en un idioma que ella dice entender.

Hablo de perros y gatos, perras y gatas, que tienen que vivir, dormir y jugar. Que no tienen que morirse.
Pero se mueren.
Sin velorio ni salutaciones, sin flores ni rituales, simplemente se mueren. No dicen últimas gloriosas frases en el lecho de muerte ni reparten sus riquezas entre los feudos.
Se mueren. Así nomás. Dejando el platito de la comida y su lugar preferido a la sombra o al sol, porque sobre gustos no hay nada escrito. Así nomás.
Con aviso, sin aviso. Poniendo ausencia en lugar de calor. Haciéndonos pensar en la muerte y los ciclos. Recordándonos que nada es eterno, ni siquiera las personas, aunque no nos sirvan al horno y con papas.

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Estaba la paloma blanca · 18 agosto 2007, 01:16

, Fela Tylbor , Comentarios

La nada había venido a visitarme ese domingo y se había dispuesto a pasar la tarde en una página A4 en blanco como esta. Las palabras no venían y la blanca desnudez de la hoja en blanco permanecía ahí, con la obstinación de cuando no aparece nada para decir. Entonces escribí sobre lo que no se me ocurría escribir, escribí sobre lo que no estaba escribiendo y jugué a que las palabras que hablaban de nada fueran llenando la hoja.
La quietud placentera con que se presentaba ante mí la hoja A4 mientras sucedía esto, hizo que eligiera como título para la nota: “Estaba la página blanca”, pensando en la paloma blanca de la vieja canción, que se la pasaba cortando con el pico la rama y la flor.

- No es “la paloma blanca”, es “la blanca paloma” – me dijo mi marido, absolutamente convencido. – Es “la paloma blanca”. – le discutí – Si mi mamá me la cantó durante toda mi infancia… ¿Cómo voy a olvidarme? – Estás equivocada, yo sé lo que te digo. – Apostemos. – Bueno. – El que pierde, cocina durante una semana. – Ja ¿Y con qué menú tenés planeado agasajarme, mi amorcito? – No festejes de antemano, que yo soy la que tiene razón, che. Ya vas a ver.- y empecé a marcar un número en el teléfono. – ¿A quién llamás? – A tu mamá.
Cuando mi suegra atendió el teléfono, le pedí que por favor cantara esa canción que decía “con el pico cortaba la rama…”. Y ella entonó: – Estaba la blanca paloma, sentada en un verde limón….
Mi marido se restregaba las manos una contra otra, como saboreando mis comidas de una semana y yo me resistía a creer lo de la blanca paloma. Entonces llamé a mi mamá y le dije lo mismo que a mi suegra. Y ella entonó: – Estaba la paloma blanca, sentada…
Habíamos empatado.
¿Cómo desempatar? Santa Internet, Google y su séquito, acudirían en nuestra ayuda. Fue así que nos conectamos y, para nuestra sorpresa, la cuestión del ave era tema de discusión en foros.

Algunos hablaban de la paloma blanca, otros de la blanca paloma y otros, de una tal pájara pinta. La cosa es que nadie ganó la apuesta, y seguimos cocinando como siempre, según los horarios y las ganas.
Más tarde, llamé a mi má para contarle lo del empate y entonces me volvió a cantar la canción. Inmediatamente después de cantarla, me preguntó si me acordaba de la que decía: “Levantáte Juana y encendé la vela”. Y yo le contesté “para ver quién anda por la carretera…”. Ella siguió con “Tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada…” y después, “Te juro, Juana, que tengo ganas de verte la punta’el pie…”
Mi má cantaba y yo junto a ella, conectadas por el cable telefónico y la memoria. Así pasamos por el popurrí de viejas canciones con las que conviví durante mi infancia. Cantamos, nos reímos, nos dimos ternura. Cuando colgué, la sensación de arrullo y tibieza me acompañó durante el resto del día.

Mi suegra, cantándome la vieja canción; mi madre, instigándome a hacer un coro telefónico; los foros en Internet con gente que busca en la memoria los nombres originales de las canciones que acompañaron esos años en que crecíamos y el tiempo era un largo transcurrir de juegos, ritmos y música.
Cuando las personas recuerdan esas letras, esas melodías pasadas de generación en generación, sus caras se vuelven más buenas, más suaves. El cantar es acompañado por una sonrisa, las cejas elevadas y el movimiento de la cabeza. Eso por fuera.
Por dentro, las imágenes íntimas de una tibia frazada, el sol de la siesta acompañando la rayuela, la lluvia de los días feriados danzando al compás de una vieja que nadie entiende por qué está en la cueva.
De boca en boca, el misterio de las nanas es transmitido para aliviar las pesadillas del mundo. De boca en boca, viajan por el espacio y el tiempo los versos y las palabras sin sentido, las formas de dar nombre al tiempo de estar despierto y al tiempo de descansar.

Las blancas palomas y las palomas blancas abren las puertas del juego y nos invitan a danzar sobre los puentes. Los nenes lindos que nacen de día van en coche, carabín y le piden manzanas a la Señora Santa Ana. Martín Pescador deja pasar a esa chica que cada vez que prende un farol se tropieza. El gran bonete busca el color que ha perdido hasta en el mismo cielo, ese al que se llega saltando desde el infierno.
La página en blanco de esa tarde, sin quererlo, me había señalado lugares que a veces olvido. Me había llevado hacia esas partes de la vida en las que las palmas nos acompañan, repetimos versos ridículos pero que igual nos gustan, mientras grabamos en la memoria del mundo palabras dichas hace mucho tiempo.
Esos lugares mullidos de la memoria que nos salvan de tanto ogro acechando, de las navajas que esperan cuando terminamos de danzar, de ciertos planes para nada bellos que desconocemos. Memoria que nos salva y nos cura de las heridas viejas y las actuales. Memoria añeja, fresca, que nos cobija y nos hace suavemente sana sana.

La nada había venido a visitarme ese domingo y se había dispuesto a pasar la tarde en una página A4 en blanco como esta. Las palabras no venían y la blanca desnudez de la hoja en blanco permanecía ahí, con la obstinación de cuando no aparece nada para decir. Entonces escribí sobre lo que no se me ocurría escribir, escribí sobre lo que no estaba escribiendo y jugué a que las palabras que hablaban de nada fueran llenando la hoja.
La quietud placentera con que se presentaba ante mí la hoja A4 mientras sucedía esto, hizo que eligiera como título para la nota: “Estaba la página blanca”, pensando en la paloma blanca de la vieja canción, que se la pasaba cortando con el pico la rama y la flor.

- No es “la paloma blanca”, es “la blanca paloma” – me dijo mi marido, absolutamente convencido. – Es “la paloma blanca”. – le discutí – Si mi mamá me la cantó durante toda mi infancia… ¿Cómo voy a olvidarme? – Estás equivocada, yo sé lo que te digo. – Apostemos. – Bueno. – El que pierde, cocina durante una semana. – Ja ¿Y con qué menú tenés planeado agasajarme, mi amorcito? – No festejes de antemano, que yo soy la que tiene razón, che. Ya vas a ver.- y empecé a marcar un número en el teléfono. – ¿A quién llamás? – A tu mamá.
Cuando mi suegra atendió el teléfono, le pedí que por favor cantara esa canción que decía “con el pico cortaba la rama…”. Y ella entonó: – Estaba la blanca paloma, sentada en un verde limón….
Mi marido se restregaba las manos una contra otra, como saboreando mis comidas de una semana y yo me resistía a creer lo de la blanca paloma. Entonces llamé a mi mamá y le dije lo mismo que a mi suegra. Y ella entonó: – Estaba la paloma blanca, sentada…
Habíamos empatado.
¿Cómo desempatar? Santa Internet, Google y su séquito, acudirían en nuestra ayuda. Fue así que nos conectamos y, para nuestra sorpresa, la cuestión del ave era tema de discusión en foros.

Algunos hablaban de la paloma blanca, otros de la blanca paloma y otros, de una tal pájara pinta. La cosa es que nadie ganó la apuesta, y seguimos cocinando como siempre, según los horarios y las ganas.
Más tarde, llamé a mi má para contarle lo del empate y entonces me volvió a cantar la canción. Inmediatamente después de cantarla, me preguntó si me acordaba de la que decía: “Levantáte Juana y encendé la vela”. Y yo le contesté “para ver quién anda por la carretera…”. Ella siguió con “Tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada…” y después, “Te juro, Juana, que tengo ganas de verte la punta’el pie…”
Mi má cantaba y yo junto a ella, conectadas por el cable telefónico y la memoria. Así pasamos por el popurrí de viejas canciones con las que conviví durante mi infancia. Cantamos, nos reímos, nos dimos ternura. Cuando colgué, la sensación de arrullo y tibieza me acompañó durante el resto del día.

Mi suegra, cantándome la vieja canción; mi madre, instigándome a hacer un coro telefónico; los foros en Internet con gente que busca en la memoria los nombres originales de las canciones que acompañaron esos años en que crecíamos y el tiempo era un largo transcurrir de juegos, ritmos y música.
Cuando las personas recuerdan esas letras, esas melodías pasadas de generación en generación, sus caras se vuelven más buenas, más suaves. El cantar es acompañado por una sonrisa, las cejas elevadas y el movimiento de la cabeza. Eso por fuera.
Por dentro, las imágenes íntimas de una tibia frazada, el sol de la siesta acompañando la rayuela, la lluvia de los días feriados danzando al compás de una vieja que nadie entiende por qué está en la cueva.
De boca en boca, el misterio de las nanas es transmitido para aliviar las pesadillas del mundo. De boca en boca, viajan por el espacio y el tiempo los versos y las palabras sin sentido, las formas de dar nombre al tiempo de estar despierto y al tiempo de descansar.

Las blancas palomas y las palomas blancas abren las puertas del juego y nos invitan a danzar sobre los puentes. Los nenes lindos que nacen de día van en coche, carabín y le piden manzanas a la Señora Santa Ana. Martín Pescador deja pasar a esa chica que cada vez que prende un farol se tropieza. El gran bonete busca el color que ha perdido hasta en el mismo cielo, ese al que se llega saltando desde el infierno.
La página en blanco de esa tarde, sin quererlo, me había señalado lugares que a veces olvido. Me había llevado hacia esas partes de la vida en las que las palmas nos acompañan, repetimos versos ridículos pero que igual nos gustan, mientras grabamos en la memoria del mundo palabras dichas hace mucho tiempo.
Esos lugares mullidos de la memoria que nos salvan de tanto ogro acechando, de las navajas que esperan cuando terminamos de danzar, de ciertos planes para nada bellos que desconocemos. Memoria que nos salva y nos cura de las heridas viejas y las actuales. Memoria añeja, fresca, que nos cobija y nos hace suavemente sana sana.

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Estaba la página blanca · 29 julio 2007, 20:04

, Fela Tylbor , Comentarios

Acá estás, blanca página blanca, esperando que mi cerebro le dé órdenes a los dedos para que presionen estas teclas y coloquen sobre tu pálida superficie, palabras con algún significado.
Te presentás así, desnuda, mostrándome tu vacía extensión formato A4 en la pantalla de mi PC, desafiándome a que busque algo para decir que te sirva de indumentaria.
Estás blanca como la paloma blanca que hace tantos años se sentaba en el verde limón. Blanca como la cara de los muertos. Como los dientes de las actrices. Como las nubes cuando están blancas, como la parte del centro de la bandera argentina cuando está limpia, como las medias que lavan en las publicidades.
Vos blanca, yo vacía. Vos vacía, yo en blanco.

Podría hablar de lo bonito que es cuando el día empieza a durar un poco más, anticipando que no falta tanto para la primavera.
Podría hablar del asfalto que no pasa por mi frente pero sí por la cuadra del costado y que alguien decretó que tengo que pagar. Podría sumar la suma que pagan los frentistas y los no frentistas y preguntarme si no es un poco mucho lo que cuesta hacer desaparecer la tierra original, para colocar en su lugar el negro pavimento.
Podría buscar temas, cosas que nos pasan. Lo que nos indigna, nos deprime, nos arrebata. Lo que nos maravilla, nos enternece, nos despierta.
Pero estás ahí, ya no tan blanca como la paloma que con el pico cortaba la rama, pero aún a medio llenar. Casi sin quererlo, al contarte sobre tu desnudez te fui vistiendo. Las palabras que te describían vacía, te fueron llenando.

Y eso que no hablé de cuánto me enamora estar viva y cuánto me asusta la idea de estar muerta. Ni siquiera mencioné la música, los abrazos y los hijos. Ni me atreví a decir enfermedad, indiferencia y mentira.
Porque podría buscar metáforas para contar esto que siento. O comparar tu blancura con la creación del mundo, con los nacimientos, la nada, el silencio. O desplegar las cosas que me pasan cuando escribo y las ideas circulan como ríos suaves o torrentosos.
Podría escribir sobre algún suceso de mi infancia. Por ejemplo, alguna de las anécdotas que incansablemente sacan al sol mis parientes en las reuniones familiares. O buscar postales emblemáticas de los setenta, contando mis tardes en el parque Rivadavia y el día que escondí bajo el colchón los discos de Viglietti.

Dar la media vuelta o la vuelta entera, como la blanca paloma blanca, y al mirarte otra vez descubrir que ya estoy recorriendo tu línea número cuarenta y que sobre tu blanca nada ya hay dos mil veintiún caracteres sin contar los espacios y sin contar los caracteres que acabo de usar para escribir dos mil veintiún.
También podría decir que en esta oportunidad la música que acompaña mi devenir entre lo no dicho y lo dicho, está a cargo de un tal Robert Johnson, un hombre importante para el blues, según dicen. Parece que el tipo vivió solo veintisiete años y grabó apenas veintinueve canciones. Su paso por esta Tierra, si bien duró lo que dura una hoja en blanco, sirvió para dejar marcas en la música blusera. Extraño destino el de algunas personas.
Pero para qué decir todo eso si ya no estás más en blanco y abandoné tu superficie para desafiar la desnudez de esta segunda A4, que me espera con su virginidad y su nada de palabras. Como pidiéndome que le dé una mano y que le dé la otra, mientras lo que suena ahora es la vieja paloma blanca.

Y así voy escribiendo cuando las ideas no están y el lento fluir de lo escrito aparece sin musa y sin plan previo.
Así voy andando este domingo a la tarde a través de las blancas páginas que esperan ser llenadas.
Podría haber hablado de temas candentes o reflexionar sobre el sentido que seguramente tiene esta vida.
O reír sobre los renglones. O llorar sobre los espacios en blanco.
Pero resulta que ya está atardeciendo, mientras la línea número doce de esta segunda hoja es recorrida por mi trazo y los relojes me dicen que es hora de terminar las páginas que hasta hace un rato estuvieron blancas, para que ahora usted haga pasar este texto por el cristal con que mira, coloque en algún lugar de su ser esto que está leyendo aquí, lo descifre, lo traduzca a su personal manera de mirar el mundo y llene alguna blanca página de su memoria, con algo de lo que hoy yo podría haber escrito.

Acá estás, blanca página blanca, esperando que mi cerebro le dé órdenes a los dedos para que presionen estas teclas y coloquen sobre tu pálida superficie, palabras con algún significado.
Te presentás así, desnuda, mostrándome tu vacía extensión formato A4 en la pantalla de mi PC, desafiándome a que busque algo para decir que te sirva de indumentaria.
Estás blanca como la paloma blanca que hace tantos años se sentaba en el verde limón. Blanca como la cara de los muertos. Como los dientes de las actrices. Como las nubes cuando están blancas, como la parte del centro de la bandera argentina cuando está limpia, como las medias que lavan en las publicidades.
Vos blanca, yo vacía. Vos vacía, yo en blanco.

Podría hablar de lo bonito que es cuando el día empieza a durar un poco más, anticipando que no falta tanto para la primavera.
Podría hablar del asfalto que no pasa por mi frente pero sí por la cuadra del costado y que alguien decretó que tengo que pagar. Podría sumar la suma que pagan los frentistas y los no frentistas y preguntarme si no es un poco mucho lo que cuesta hacer desaparecer la tierra original, para colocar en su lugar el negro pavimento.
Podría buscar temas, cosas que nos pasan. Lo que nos indigna, nos deprime, nos arrebata. Lo que nos maravilla, nos enternece, nos despierta.
Pero estás ahí, ya no tan blanca como la paloma que con el pico cortaba la rama, pero aún a medio llenar. Casi sin quererlo, al contarte sobre tu desnudez te fui vistiendo. Las palabras que te describían vacía, te fueron llenando.

Y eso que no hablé de cuánto me enamora estar viva y cuánto me asusta la idea de estar muerta. Ni siquiera mencioné la música, los abrazos y los hijos. Ni me atreví a decir enfermedad, indiferencia y mentira.
Porque podría buscar metáforas para contar esto que siento. O comparar tu blancura con la creación del mundo, con los nacimientos, la nada, el silencio. O desplegar las cosas que me pasan cuando escribo y las ideas circulan como ríos suaves o torrentosos.
Podría escribir sobre algún suceso de mi infancia. Por ejemplo, alguna de las anécdotas que incansablemente sacan al sol mis parientes en las reuniones familiares. O buscar postales emblemáticas de los setenta, contando mis tardes en el parque Rivadavia y el día que escondí bajo el colchón los discos de Viglietti.

Dar la media vuelta o la vuelta entera, como la blanca paloma blanca, y al mirarte otra vez descubrir que ya estoy recorriendo tu línea número cuarenta y que sobre tu blanca nada ya hay dos mil veintiún caracteres sin contar los espacios y sin contar los caracteres que acabo de usar para escribir dos mil veintiún.
También podría decir que en esta oportunidad la música que acompaña mi devenir entre lo no dicho y lo dicho, está a cargo de un tal Robert Johnson, un hombre importante para el blues, según dicen. Parece que el tipo vivió solo veintisiete años y grabó apenas veintinueve canciones. Su paso por esta Tierra, si bien duró lo que dura una hoja en blanco, sirvió para dejar marcas en la música blusera. Extraño destino el de algunas personas.
Pero para qué decir todo eso si ya no estás más en blanco y abandoné tu superficie para desafiar la desnudez de esta segunda A4, que me espera con su virginidad y su nada de palabras. Como pidiéndome que le dé una mano y que le dé la otra, mientras lo que suena ahora es la vieja paloma blanca.

Y así voy escribiendo cuando las ideas no están y el lento fluir de lo escrito aparece sin musa y sin plan previo.
Así voy andando este domingo a la tarde a través de las blancas páginas que esperan ser llenadas.
Podría haber hablado de temas candentes o reflexionar sobre el sentido que seguramente tiene esta vida.
O reír sobre los renglones. O llorar sobre los espacios en blanco.
Pero resulta que ya está atardeciendo, mientras la línea número doce de esta segunda hoja es recorrida por mi trazo y los relojes me dicen que es hora de terminar las páginas que hasta hace un rato estuvieron blancas, para que ahora usted haga pasar este texto por el cristal con que mira, coloque en algún lugar de su ser esto que está leyendo aquí, lo descifre, lo traduzca a su personal manera de mirar el mundo y llene alguna blanca página de su memoria, con algo de lo que hoy yo podría haber escrito.

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Fulano Vargas · 1 julio 2007, 16:36

, Fela Tylbor , Comentarios

La gente dice que cada día se roba más. La gente siente en la garganta el gusto amargo de cuando alguien le quita algo a alguien. La gente hace cuentas de lo que sacaron de sus bolsillos, de su casa, de su auto. Muerde los dientes imaginando las siluetas de esos desconocidos hurgando su intimidad. Muerde los dientes y se traga el asco de pensar en esas otras manos tocando los objetos que consiguió con esfuerzo, y al morder percibe lo que es ser víctima de una violación.
Hace unos días experimenté lo que dice y siente la gente y apreté la mandíbula desde la madrugada hasta la mañana, la tarde, la noche y otra vez la madrugada. Mordí fuerte y temblé cuando vino la policía a avisarme que nos habían robado cosas del auto. Me aflojé algo, cuando descubrimos que solamente eran los papeles de regla para andar por las calles. Me aflojé más todavía con el paisaje surrealista de la comisaría.

Las paredes descascaradas. La forma de caminar de los policías. La palabra “negativo”. La palabra “afirmativo”. El picaporte de la puerta que me quedó en la mano. La otra puerta sin vidrio, dándole libre acceso a la helada que escarchaba los vidrios de nuestro auto. Alguien. La silueta del alguien que había abusado de nuestro auto dibujándose entre los sonidos del ambiente y las formas de las personas que iban y venían resolviendo hechos delictivos. El perro. Primero afuera, después asomando el hocico, después adentro, mirando, como diciendo “no me van a decir que me vaya, con este frío”. El menor detenido con los papeles de nuestro auto. El mayor detenido con lo que habían sacado a otra gente. El mayor y el menor deslizando sus cuerpos, como sombras, en la noche helada de agosto. El colchón roto y sucio que consiguió el policía para que el menor y el mayor durmieran. La frazada vieja y mugrienta pero más tibia que la noche de allá afuera, aunque a la comisaría le faltara un vidrio. El oficial preguntándonos acerca del hecho, los sospechosos, las vicisitudes y las hipótesis. El oficial avisándonos que recién a la mañana podríamos retirar los papeles del auto. Salir, después de las dos horas en la comisaría. El perro reposando estirado, relajadamente, abajo del calorama, el terreno deseado y conquistado. Hasta una sonrisa de victoria parecía tener en el hocico.
Después dormir, cerrar los ojos, tener miedo, morder los dientes, esperar la mañana.

Supongamos que se llama Fulano Vargas el menor que se deslizaba en la noche de agosto. Fulano Vargas, 16 años sobre el planeta Tierra, habitante de un barrio periférico, hijo de un hombre que alguna vez estuvo ocupado, hijo de una madre que alguna vez pudo seguirle los pasos. Hasta que no pudo más. Supongamos que el tal Fulano Vargas nació, creció y empezó a ir a la escuela. Y que volvía a la casa, ese mundo habitado cada noche por los ruidos y los golpes producidos por los efectos del alcohol que tomaba su padre. Imaginemos las escenas y el Fulano que seguía creciendo hasta ser un púber y empezar a tener esa mala junta que cada vez lo hacía volver más tarde a la casa. Y a medida que crecía, a Fulano Vargas la mirada se le iba poniendo más arisca y el andar más desafiante.
He aquí la imaginaria historia del menor increpado que –por esas cosas del destino– un año antes resultó haber estado casi al final de la lista de mis alumnos.
Por eso a la mañana, cuando él salía de la comisaría, acompañado por su padre y me miró y me dijo “Hola Fela” y yo le dije “Hola Fulano” y se fue y al rato pregunté si el que se había ido había sido el que me había robado y el policía me dijo que sí, sentí que algo se quebraba en alguna parte de mí.
¿Qué me faltó hacer como docente para que Fulano no anduviera agazapado rondando la noche? ¿Por qué no pude ver el laberinto desde donde Fulano pedía ayuda con su mirada desafiante?
Después, el tiempo se detuvo en una zona de llanto y preguntas intermitentes. Los que escucharon mi historia y mi tristeza me dijeron: “Son así, no vas a cambiarlos”; “¿Ves? Vos que siempre los defendés… Ahí tenés.”; “No podés hacerte cargo de todos.”; “Negros de mierda.”; “Es la familia. Se lavan las manos y nos mandan a esos chicos para que hagamos lo que ellos no hacen.”; “Te dije que no les dieras tanta confianza.”; “No llores… No se merece que llores.”; “Hay que encerrarlos desde más chicos.”; “Ya nacen así. Lo llevan en la sangre…”; “Me imagino la bronca que debés tener.”

Y yo no tenía bronca. El tiempo detenido se me había transformado en un agujero. El hueco se había llenado con tristeza. Quería recorrer la distancia sinuosa que me separaba de Fulano Vargas hasta llegar a sus ojos. Quería mirarlo y preguntarle por qué hacía eso con su vida. Quería mágicamente transportarme al mundo sórdido de Fulano y explicarle que todavía podía elegir otra cosa.
¿Podía? La pregunta del millón. ¿Pueden los Fulanos Vargas torcer el destino de haber nacido en un país en que las oportunidades son desiguales? ¿Pueden los Fulanos Vargas, en un acto de valentía, decirle NO a esos caminos que quienes los condenan los están empujando a elegir? ¿Pueden los Fulanos sobrevivir al hambre de pan y de caricia y de justicia y de equidad? ¿Puedo yo no hacerme cargo, mirar para otro lado, echar la culpa a los demás? ¿Podemos romper el círculo que nos encadena a despojar y ser despojados?

Después los días siguieron como siempre, con sus movimientos habituales de autos, nacimientos, brisas, comercios, decretos, amores, hechos delictivos, aprendizajes, escándalos y muertes.
Yo, entrando y saliendo de las aulas, intentado dejar buenas semillas en esas chicas y esos chicos que están decidiendo el rumbo. El perro de la comisaría, ganándose diariamente su cálido territorio nocturno abajo del calorama. Y Fulano Vargas, respirando este aire, acechando en las fisuras de la noche.
Allí donde el frío es mal compañero de los perros, de las puertas mal cerradas y de las almas.

La gente dice que cada día se roba más. La gente siente en la garganta el gusto amargo de cuando alguien le quita algo a alguien. La gente hace cuentas de lo que sacaron de sus bolsillos, de su casa, de su auto. Muerde los dientes imaginando las siluetas de esos desconocidos hurgando su intimidad. Muerde los dientes y se traga el asco de pensar en esas otras manos tocando los objetos que consiguió con esfuerzo, y al morder percibe lo que es ser víctima de una violación.
Hace unos días experimenté lo que dice y siente la gente y apreté la mandíbula desde la madrugada hasta la mañana, la tarde, la noche y otra vez la madrugada. Mordí fuerte y temblé cuando vino la policía a avisarme que nos habían robado cosas del auto. Me aflojé algo, cuando descubrimos que solamente eran los papeles de regla para andar por las calles. Me aflojé más todavía con el paisaje surrealista de la comisaría.

Las paredes descascaradas. La forma de caminar de los policías. La palabra “negativo”. La palabra “afirmativo”. El picaporte de la puerta que me quedó en la mano. La otra puerta sin vidrio, dándole libre acceso a la helada que escarchaba los vidrios de nuestro auto. Alguien. La silueta del alguien que había abusado de nuestro auto dibujándose entre los sonidos del ambiente y las formas de las personas que iban y venían resolviendo hechos delictivos. El perro. Primero afuera, después asomando el hocico, después adentro, mirando, como diciendo “no me van a decir que me vaya, con este frío”. El menor detenido con los papeles de nuestro auto. El mayor detenido con lo que habían sacado a otra gente. El mayor y el menor deslizando sus cuerpos, como sombras, en la noche helada de agosto. El colchón roto y sucio que consiguió el policía para que el menor y el mayor durmieran. La frazada vieja y mugrienta pero más tibia que la noche de allá afuera, aunque a la comisaría le faltara un vidrio. El oficial preguntándonos acerca del hecho, los sospechosos, las vicisitudes y las hipótesis. El oficial avisándonos que recién a la mañana podríamos retirar los papeles del auto. Salir, después de las dos horas en la comisaría. El perro reposando estirado, relajadamente, abajo del calorama, el terreno deseado y conquistado. Hasta una sonrisa de victoria parecía tener en el hocico.
Después dormir, cerrar los ojos, tener miedo, morder los dientes, esperar la mañana.

Supongamos que se llama Fulano Vargas el menor que se deslizaba en la noche de agosto. Fulano Vargas, 16 años sobre el planeta Tierra, habitante de un barrio periférico, hijo de un hombre que alguna vez estuvo ocupado, hijo de una madre que alguna vez pudo seguirle los pasos. Hasta que no pudo más. Supongamos que el tal Fulano Vargas nació, creció y empezó a ir a la escuela. Y que volvía a la casa, ese mundo habitado cada noche por los ruidos y los golpes producidos por los efectos del alcohol que tomaba su padre. Imaginemos las escenas y el Fulano que seguía creciendo hasta ser un púber y empezar a tener esa mala junta que cada vez lo hacía volver más tarde a la casa. Y a medida que crecía, a Fulano Vargas la mirada se le iba poniendo más arisca y el andar más desafiante.
He aquí la imaginaria historia del menor increpado que –por esas cosas del destino– un año antes resultó haber estado casi al final de la lista de mis alumnos.
Por eso a la mañana, cuando él salía de la comisaría, acompañado por su padre y me miró y me dijo “Hola Fela” y yo le dije “Hola Fulano” y se fue y al rato pregunté si el que se había ido había sido el que me había robado y el policía me dijo que sí, sentí que algo se quebraba en alguna parte de mí.
¿Qué me faltó hacer como docente para que Fulano no anduviera agazapado rondando la noche? ¿Por qué no pude ver el laberinto desde donde Fulano pedía ayuda con su mirada desafiante?
Después, el tiempo se detuvo en una zona de llanto y preguntas intermitentes. Los que escucharon mi historia y mi tristeza me dijeron: “Son así, no vas a cambiarlos”; “¿Ves? Vos que siempre los defendés… Ahí tenés.”; “No podés hacerte cargo de todos.”; “Negros de mierda.”; “Es la familia. Se lavan las manos y nos mandan a esos chicos para que hagamos lo que ellos no hacen.”; “Te dije que no les dieras tanta confianza.”; “No llores… No se merece que llores.”; “Hay que encerrarlos desde más chicos.”; “Ya nacen así. Lo llevan en la sangre…”; “Me imagino la bronca que debés tener.”

Y yo no tenía bronca. El tiempo detenido se me había transformado en un agujero. El hueco se había llenado con tristeza. Quería recorrer la distancia sinuosa que me separaba de Fulano Vargas hasta llegar a sus ojos. Quería mirarlo y preguntarle por qué hacía eso con su vida. Quería mágicamente transportarme al mundo sórdido de Fulano y explicarle que todavía podía elegir otra cosa.
¿Podía? La pregunta del millón. ¿Pueden los Fulanos Vargas torcer el destino de haber nacido en un país en que las oportunidades son desiguales? ¿Pueden los Fulanos Vargas, en un acto de valentía, decirle NO a esos caminos que quienes los condenan los están empujando a elegir? ¿Pueden los Fulanos sobrevivir al hambre de pan y de caricia y de justicia y de equidad? ¿Puedo yo no hacerme cargo, mirar para otro lado, echar la culpa a los demás? ¿Podemos romper el círculo que nos encadena a despojar y ser despojados?

Después los días siguieron como siempre, con sus movimientos habituales de autos, nacimientos, brisas, comercios, decretos, amores, hechos delictivos, aprendizajes, escándalos y muertes.
Yo, entrando y saliendo de las aulas, intentado dejar buenas semillas en esas chicas y esos chicos que están decidiendo el rumbo. El perro de la comisaría, ganándose diariamente su cálido territorio nocturno abajo del calorama. Y Fulano Vargas, respirando este aire, acechando en las fisuras de la noche.
Allí donde el frío es mal compañero de los perros, de las puertas mal cerradas y de las almas.

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Perder plata · 15 junio 2007, 22:22

, Fela Tylbor , Comentarios

Hace mucho tiempo, íbamos caminando rumbo al centro con Martín, mi hijo mayor, que en ese momento tenía cuatro años. Desde casa hasta el centro hay muchas cuadras. En esta ciudad suele haber viento, lo que dificulta, entre otras cosas, el caminar. A Martín nunca le gustó caminar. La conjunción de estas vicisitudes generó el siguiente diálogo: – Má, no quiero caminar… – Bueno, pero tenemos que ir al centro. – ¿Y por qué no vamos en taxi? – Porque no tenemos plata. – Pero si vos cobraste. El otro día fuimos al banco. – Sí, ya sé. Lo que pasa es que no gano mucha plata. Entonces la plata que gano no alcanza para pagar un taxi. – Entonces eso no es ganar plata, má. Eso es PERDER PLATA.
Cada tanto recuerdo este diálogo. Es que la lógica de Martín, a pesar de haber pasado tanto tiempo, sigue vigente. Lo que ganamos con el sudor de nuestra frente sistemáticamente se desvaloriza y periódicamente sentimos que, en lugar de ganar, estamos perdiendo plata. Por ejemplo:

TERROR EN LASNDOLAS. Cobramos el sueldo, vamos al súper, y empezamos a poner cosas en el carro, con el objetivo de llenarlo. Pero fuerzas misteriosas han hecho lo suyo en los cartelitos de los precios de los productos que mes a mes consumimos. Fuerzas inexplicables han cambiado los números que allí estaban escritos. Entonces la yerba, en lugar de $4.80 cuesta $5,30 y la leche ha pasado de costar $1,79 a $2,29. Como justo llevamos en la cartera el último recibo de haberes, lo sacamos y lo miramos. De esta manera, comprobamos que las fuerzas inexplicables no pasaron por nuestro sueldo, cambiando los numeritos de lo que percibimos, por otros de mayor valor. ¿Alguien explica el asunto? ¿Alguien dice algo? Por ejemplo: “Miren, ahora cuando vayan al súper van a encontrar que los precios crecieron, pero no se preocupen, porque los sueldos de ustedes también van a crecer y van a poder seguir comprando como siempre.”

NO ACLARES QUE OSCURECE. En esta posmodernidad que transitamos, es indudable que todos necesitamos la corriente eléctrica. En este momento, por ejemplo, si se cortara la luz, este texto no podría ser terminado, mi hijo se quedaría con la incógnita sobre cómo termina la película que está viendo y el santo lavarropas dejaría de centrifugar. Necesitamos de los electrones para vivir, por lo que mes a mes pagamos la factura de la luz. Pero la luz aumenta. Hay gente que discute el asunto y explica por qué debe aumentar. Otra gente se opone y también explica por qué. Pero la luz, igual aumenta. Volvemos a mirar nuestro recibo de sueldo y nada. Nadie cambia los números que allí están impresos. Nadie nos dice que nos quedemos tranquilos, que vamos a poder seguir pagando porque si la luz aumenta, también aumentará nuestro sueldo. Nadie aclara nada. Y seguimos a oscuras.

CUANDO A LOS DEMÁS LES AUMENTAN. Sucede también que a veces escuchamos por la radio o la TV que aumenta el sueldo básico. Yo, que soy docente, entonces pienso: “Si aumenta el sueldo básico, todos los sueldos van a aumentar.” Engañada por mi lógica ingenua, presto atención a los próximos anuncios de aumento de sueldo docente. Nada. Los demás trabajadores necesitan el aumento, los docentes no. Pero la luz y la yerba aumentaron también para nosotros. Entonces no entiendo. Mucho peor que estos anuncios es cuando los que nos gobiernan aumentan su dieta. Yo imagino sus razones: “Y, ya no se puede vivir, con lo que aumentó todo…” “Es muy grande nuestra responsabilidad, es injusto….” Entonces, van y se autoaumentan. Lo hacen en medio de conflictos gremiales. La noticia aparece al lado de otra que habla del índice de pobreza ¿Alguien explica algo? ¿Alguien se justifica ante todos nosotros, que no recibimos aumento? ¿Alguien nos convence de que lo que hicieron está bien? No.

EL IMPUESTO A LASRDIDAS. Hasta que no lo padecemos, no entendemos bien de qué se trata. Lo llaman el impuesto a las ganancias. A mí no me lo descontaban, pero como con el aguinaldo lo que cobro es más de la cifra estipulada, el día que recibí mi medio sueldo, me descontaron ese impuesto. También, cuando cobré la ayuda escolar. Y también, cuando después de numerosos reclamos (ver Mamertolandia III) cobré un retroactivo del porcentaje de antigüedad que me adeudaban, me descontaron el impuesto a las ganancias. Es decir, que una vez que cobro algo demás, me descuentan por haberlo cobrado. La única explicación a este mecanismo cruel de no permitirnos ganar más, es la de la lógica de mi hijo cuando tenía cuatro años. No se gana plata. Se pierde plata.

¿DÓNDE VA LA GENTE CUANDO LLUEVE? En una vieja canción, el autor se preguntaba esto que hoy yo reemplazo por el siguiente interrogante: ¿Dónde va la plata cuando se pierde? ¿Dónde queda el paradisíaco lugar en el que se esconden los vueltos mal dados y los aumentos incomprensibles? ¿Quién se queda con el tributo que nos sacan por ganar algunos dinerillos? ¿Qué bolsillos estamos llenando sin nuestro consentimiento? Si estamos perdiendo plata, ¿quién la está ganado?

Preguntas, dineros, recibos, decisiones que otros toman sobre nuestros bolsillos. La plata que nos deben, la que debemos, la que nos roban, la que deciden que tengamos, la que perdemos. Acciones que nadie explica y si alguien explica, nadie cree.
Qué país.

Hace mucho tiempo, íbamos caminando rumbo al centro con Martín, mi hijo mayor, que en ese momento tenía cuatro años. Desde casa hasta el centro hay muchas cuadras. En esta ciudad suele haber viento, lo que dificulta, entre otras cosas, el caminar. A Martín nunca le gustó caminar. La conjunción de estas vicisitudes generó el siguiente diálogo: – Má, no quiero caminar… – Bueno, pero tenemos que ir al centro. – ¿Y por qué no vamos en taxi? – Porque no tenemos plata. – Pero si vos cobraste. El otro día fuimos al banco. – Sí, ya sé. Lo que pasa es que no gano mucha plata. Entonces la plata que gano no alcanza para pagar un taxi. – Entonces eso no es ganar plata, má. Eso es PERDER PLATA.
Cada tanto recuerdo este diálogo. Es que la lógica de Martín, a pesar de haber pasado tanto tiempo, sigue vigente. Lo que ganamos con el sudor de nuestra frente sistemáticamente se desvaloriza y periódicamente sentimos que, en lugar de ganar, estamos perdiendo plata. Por ejemplo:

TERROR EN LASNDOLAS. Cobramos el sueldo, vamos al súper, y empezamos a poner cosas en el carro, con el objetivo de llenarlo. Pero fuerzas misteriosas han hecho lo suyo en los cartelitos de los precios de los productos que mes a mes consumimos. Fuerzas inexplicables han cambiado los números que allí estaban escritos. Entonces la yerba, en lugar de $4.80 cuesta $5,30 y la leche ha pasado de costar $1,79 a $2,29. Como justo llevamos en la cartera el último recibo de haberes, lo sacamos y lo miramos. De esta manera, comprobamos que las fuerzas inexplicables no pasaron por nuestro sueldo, cambiando los numeritos de lo que percibimos, por otros de mayor valor. ¿Alguien explica el asunto? ¿Alguien dice algo? Por ejemplo: “Miren, ahora cuando vayan al súper van a encontrar que los precios crecieron, pero no se preocupen, porque los sueldos de ustedes también van a crecer y van a poder seguir comprando como siempre.”

NO ACLARES QUE OSCURECE. En esta posmodernidad que transitamos, es indudable que todos necesitamos la corriente eléctrica. En este momento, por ejemplo, si se cortara la luz, este texto no podría ser terminado, mi hijo se quedaría con la incógnita sobre cómo termina la película que está viendo y el santo lavarropas dejaría de centrifugar. Necesitamos de los electrones para vivir, por lo que mes a mes pagamos la factura de la luz. Pero la luz aumenta. Hay gente que discute el asunto y explica por qué debe aumentar. Otra gente se opone y también explica por qué. Pero la luz, igual aumenta. Volvemos a mirar nuestro recibo de sueldo y nada. Nadie cambia los números que allí están impresos. Nadie nos dice que nos quedemos tranquilos, que vamos a poder seguir pagando porque si la luz aumenta, también aumentará nuestro sueldo. Nadie aclara nada. Y seguimos a oscuras.

CUANDO A LOS DEMÁS LES AUMENTAN. Sucede también que a veces escuchamos por la radio o la TV que aumenta el sueldo básico. Yo, que soy docente, entonces pienso: “Si aumenta el sueldo básico, todos los sueldos van a aumentar.” Engañada por mi lógica ingenua, presto atención a los próximos anuncios de aumento de sueldo docente. Nada. Los demás trabajadores necesitan el aumento, los docentes no. Pero la luz y la yerba aumentaron también para nosotros. Entonces no entiendo. Mucho peor que estos anuncios es cuando los que nos gobiernan aumentan su dieta. Yo imagino sus razones: “Y, ya no se puede vivir, con lo que aumentó todo…” “Es muy grande nuestra responsabilidad, es injusto….” Entonces, van y se autoaumentan. Lo hacen en medio de conflictos gremiales. La noticia aparece al lado de otra que habla del índice de pobreza ¿Alguien explica algo? ¿Alguien se justifica ante todos nosotros, que no recibimos aumento? ¿Alguien nos convence de que lo que hicieron está bien? No.

EL IMPUESTO A LASRDIDAS. Hasta que no lo padecemos, no entendemos bien de qué se trata. Lo llaman el impuesto a las ganancias. A mí no me lo descontaban, pero como con el aguinaldo lo que cobro es más de la cifra estipulada, el día que recibí mi medio sueldo, me descontaron ese impuesto. También, cuando cobré la ayuda escolar. Y también, cuando después de numerosos reclamos (ver Mamertolandia III) cobré un retroactivo del porcentaje de antigüedad que me adeudaban, me descontaron el impuesto a las ganancias. Es decir, que una vez que cobro algo demás, me descuentan por haberlo cobrado. La única explicación a este mecanismo cruel de no permitirnos ganar más, es la de la lógica de mi hijo cuando tenía cuatro años. No se gana plata. Se pierde plata.

¿DÓNDE VA LA GENTE CUANDO LLUEVE? En una vieja canción, el autor se preguntaba esto que hoy yo reemplazo por el siguiente interrogante: ¿Dónde va la plata cuando se pierde? ¿Dónde queda el paradisíaco lugar en el que se esconden los vueltos mal dados y los aumentos incomprensibles? ¿Quién se queda con el tributo que nos sacan por ganar algunos dinerillos? ¿Qué bolsillos estamos llenando sin nuestro consentimiento? Si estamos perdiendo plata, ¿quién la está ganado?

Preguntas, dineros, recibos, decisiones que otros toman sobre nuestros bolsillos. La plata que nos deben, la que debemos, la que nos roban, la que deciden que tengamos, la que perdemos. Acciones que nadie explica y si alguien explica, nadie cree.
Qué país.

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Las chicas de quinto año · 18 mayo 2007, 22:29

, Fela Tylbor , Comentarios

Tu vida transcurre como siempre. Con los grises, rojos y negros habituales. Con las sorpresas, los bajones, el cumplimiento de las rutinas diarias. Tenés cuarenta y cinco años, por ejemplo, y te pasaron muchas cosas a lo largo de este tiempo, como a cada uno de los habitantes de este extraño, bello y jodido mundo. Ahora, tenés construido tu propio orden desordenado – o viceversa – , tenés tus costumbres, bastante claras las cosas que querés y mucho más las que no querés. Esperás todos los meses la boleta de la luz, cada tanto vas a votar, sabés que en el verano vas a comer damascos y que esa campera no te va durar un invierno más. Tenés aseguradas muchas cosas y muchas otras – por suerte- fuera de tu control y de tus planes. Así vas viviendo los días luminosos, los nublados y los oscuros.
Entonces una noche, como tantas otras noches, te sentás frente a la pantalla de la computadora para revisar tu correo electrónico y entre todos los e-mails, un e-mail abre una puerta cerrada durante mucho tiempo. La que te escribe es una ex compañera tuya de quinto año, alegrándose de haberte encontrado al fin, agregándote a la lista de correo de ex compañeras, enviándote una foto de ese 1978 de egreso y guardapolvos escritos y otra de cuando todas se juntaron para celebrar los veinticinco años de haber terminado la secundaria.

Vos mirás las fotos de antes y las de ahora. Las de ahora: señoras, mujeres adultas como vos. Observando la ropa y la expresión de sus caras, intentás adivinar en qué andan, cómo les ha ido en la vida. Las de antes: adolescentes eufóricas celebrando terminar la secundaria, con el futuro por delante. Tratás de recordar nombres, historias. De muchas te olvidaste no solo cómo se llamaban; no te acordás ni siquiera de la cara. Vos mirás las fotos y el oleaje de la memoria atraviesa la puerta que se abrió y te ocupa sin pedirte permiso.
Los bancos escritos; la risa de esa chica de la segunda fila del medio; la vieja de Lógica; bailar en el recreo como un Travolta afiebrado un sábado a la noche. Los machetes; el mundial del 78; esa profesora de polerón con prendedor de tamaño excesivo; los dientes desprolijos de la de Música; los secretos en los recreos; las discusiones con los profesores.
La casa de esa chica que tenía muchos lápices de labios y maquillajes; la discusión acerca de respetar o no el mandato de no cortar los tallarines para comerlos, en el viaje de egresadas a Bariloche. Las charlas íntimas y profundas con las que se sentaban adelante; las reuniones fuera de la escuela. Los vestidos estampados en tonos de marrones; escuchar por primera vez “Rapsodia bohemia”; tener que salir con documentos porque siempre te paraba la cana; el gusto en la boca de esos cigarrillos Colorado que fumabas.

Al mismo tiempo, la memoria de ellas, de las chicas del quinto año que cursaste hace tanto tiempo, te devuelve partes de tu vida que habías olvidado por completo, además de mostrarte – como espejos que reflejan a esa chica de diecisiete años que fuiste- la imagen de vos que quedó grabada en ellas.
Vos intentás recordar lo que ellas te dicen y a veces podés, pero a veces no. Vos escuchás lo que parecías ante los demás en esos años y te gusta. Es como reconstruirte con partecitas nuevas. Agregar un bonus de vos a tus recuerdos.

Cosa extraña, bella y jodida la de la memoria. Cosa extraña, bella y jodida la de nuestro paso por la vida de la gente. Aquello que vivimos durante un año, por ejemplo, en un presente intenso y aparentemente eterno, hoy es solo una fantasmal imagen en la que se distinguen momentos importantes o tontos, pero que nos construyen.
Aquí y ahora, vamos dejando huellas en los demás y somos transformados por las huellas de los otros. Aquí y ahora, en este lugar del presente aparentemente infinito, nos marcamos mutuamente las almas a cada segundo, mientras nos va transcurriendo el tiempo, ese amigo y enemigo incomprensible.
Allá en el futuro, esas personas que seremos, rescatarán del colador de la memoria algo de este día, de esta época de nuestra vida. Esas personas que seremos, olvidarán esto que hoy nos ocupa y nos preocupa. Olvidarán el gusto de las medialunas que hoy elegimos, la cara de esa compañera de trabajo insoportable, el nombre de algunas calles, el motivo del enojo familiar por el que no nos saludamos durante tanto tiempo con esa tía.
Allá en el futuro, este presente que se acaba a medida que aprieto una nueva tecla del teclado, será visto por la mujer que seré como un punto milimétrico, borroso, lejano.
Solamente quedarán los significados de las huellas que voy dejando mientras camino. O mejor dicho, lo que voy haciendo de mí misma, mientras voy esquivando la muerte. Porque al fin y al cabo, de eso se trata la vida.
Pero hoy iba a hablar de las chicas de quinto año. No me cambien de tema.

Tu vida transcurre como siempre. Con los grises, rojos y negros habituales. Con las sorpresas, los bajones, el cumplimiento de las rutinas diarias. Tenés cuarenta y cinco años, por ejemplo, y te pasaron muchas cosas a lo largo de este tiempo, como a cada uno de los habitantes de este extraño, bello y jodido mundo. Ahora, tenés construido tu propio orden desordenado – o viceversa – , tenés tus costumbres, bastante claras las cosas que querés y mucho más las que no querés. Esperás todos los meses la boleta de la luz, cada tanto vas a votar, sabés que en el verano vas a comer damascos y que esa campera no te va durar un invierno más. Tenés aseguradas muchas cosas y muchas otras – por suerte- fuera de tu control y de tus planes. Así vas viviendo los días luminosos, los nublados y los oscuros.
Entonces una noche, como tantas otras noches, te sentás frente a la pantalla de la computadora para revisar tu correo electrónico y entre todos los e-mails, un e-mail abre una puerta cerrada durante mucho tiempo. La que te escribe es una ex compañera tuya de quinto año, alegrándose de haberte encontrado al fin, agregándote a la lista de correo de ex compañeras, enviándote una foto de ese 1978 de egreso y guardapolvos escritos y otra de cuando todas se juntaron para celebrar los veinticinco años de haber terminado la secundaria.

Vos mirás las fotos de antes y las de ahora. Las de ahora: señoras, mujeres adultas como vos. Observando la ropa y la expresión de sus caras, intentás adivinar en qué andan, cómo les ha ido en la vida. Las de antes: adolescentes eufóricas celebrando terminar la secundaria, con el futuro por delante. Tratás de recordar nombres, historias. De muchas te olvidaste no solo cómo se llamaban; no te acordás ni siquiera de la cara. Vos mirás las fotos y el oleaje de la memoria atraviesa la puerta que se abrió y te ocupa sin pedirte permiso.
Los bancos escritos; la risa de esa chica de la segunda fila del medio; la vieja de Lógica; bailar en el recreo como un Travolta afiebrado un sábado a la noche. Los machetes; el mundial del 78; esa profesora de polerón con prendedor de tamaño excesivo; los dientes desprolijos de la de Música; los secretos en los recreos; las discusiones con los profesores.
La casa de esa chica que tenía muchos lápices de labios y maquillajes; la discusión acerca de respetar o no el mandato de no cortar los tallarines para comerlos, en el viaje de egresadas a Bariloche. Las charlas íntimas y profundas con las que se sentaban adelante; las reuniones fuera de la escuela. Los vestidos estampados en tonos de marrones; escuchar por primera vez “Rapsodia bohemia”; tener que salir con documentos porque siempre te paraba la cana; el gusto en la boca de esos cigarrillos Colorado que fumabas.

Al mismo tiempo, la memoria de ellas, de las chicas del quinto año que cursaste hace tanto tiempo, te devuelve partes de tu vida que habías olvidado por completo, además de mostrarte – como espejos que reflejan a esa chica de diecisiete años que fuiste- la imagen de vos que quedó grabada en ellas.
Vos intentás recordar lo que ellas te dicen y a veces podés, pero a veces no. Vos escuchás lo que parecías ante los demás en esos años y te gusta. Es como reconstruirte con partecitas nuevas. Agregar un bonus de vos a tus recuerdos.

Cosa extraña, bella y jodida la de la memoria. Cosa extraña, bella y jodida la de nuestro paso por la vida de la gente. Aquello que vivimos durante un año, por ejemplo, en un presente intenso y aparentemente eterno, hoy es solo una fantasmal imagen en la que se distinguen momentos importantes o tontos, pero que nos construyen.
Aquí y ahora, vamos dejando huellas en los demás y somos transformados por las huellas de los otros. Aquí y ahora, en este lugar del presente aparentemente infinito, nos marcamos mutuamente las almas a cada segundo, mientras nos va transcurriendo el tiempo, ese amigo y enemigo incomprensible.
Allá en el futuro, esas personas que seremos, rescatarán del colador de la memoria algo de este día, de esta época de nuestra vida. Esas personas que seremos, olvidarán esto que hoy nos ocupa y nos preocupa. Olvidarán el gusto de las medialunas que hoy elegimos, la cara de esa compañera de trabajo insoportable, el nombre de algunas calles, el motivo del enojo familiar por el que no nos saludamos durante tanto tiempo con esa tía.
Allá en el futuro, este presente que se acaba a medida que aprieto una nueva tecla del teclado, será visto por la mujer que seré como un punto milimétrico, borroso, lejano.
Solamente quedarán los significados de las huellas que voy dejando mientras camino. O mejor dicho, lo que voy haciendo de mí misma, mientras voy esquivando la muerte. Porque al fin y al cabo, de eso se trata la vida.
Pero hoy iba a hablar de las chicas de quinto año. No me cambien de tema.

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Mamertolandia III (¿La tercera es la vencida?) · 22 abril 2007, 20:08

, Fela Tylbor , Comentarios

Síntesis de la primera y la segunda parte: Se define al mamerto como aquella persona que se dedica a recibir lo que la vida y los demás le den, sin hacer demasiado esfuerzo. Se lo compara con una ameba, como un ser de movimientos lentos e ineficaces, sin decisión ni voluntad. La autora narra una serie de sucesos que la enfrentaron con una variada gama de esta especie, al tener que hacer trámites en La Plata y en Puerto Madryn.

Cuando una menos lo espera, los mamertos pueden volver a atacar. Así son ellos de astutos: esperan el momento en que una está distraída, con la guardia baja, para avanzar con su sarta de acciones inútiles, lentas y obstaculizantes.
Esta vez, la mamerteada duró un año y cinco meses. Y en este punto es necesario aclarar algunos detalles que ayuden a comprender el empecinamiento que me impulsó a llevar esta batalla hasta las últimas consecuencias, es decir, hasta ganarla.
El tema fue mi antigüedad en la docencia. Todos sabemos que ser antiguo o antigua, no suena muy bien. Se asocia con ser retrógrado o simplemente viejo. Pero si hablamos de trabajo, la antigüedad es un punto a favor, un bonus que, a medida que aumenta, hace que el sueldo crezca. Y eso, a todos nos gusta.
Rondaba yo los 18 años y medio de antigüedad. Haber educado niños y adolescentes durante tamaña cantidad de años, me hacía adjudicataria del 80% de antigüedad. Para cobrar el glorioso 100%, debía esperar a cumplir los 20 años de trabajo. Sucedió que una compañera me contó que el tiempo trabajado en la educación privada, podía contabilizarse para aumentar la antigüedad en la educación estatal. Saqué la cuenta, y eso sumaba un año y medio, dando como resultado… ¡20 años de antigüedad! Así comencé mi peregrinación de mamerto en mamerto, con el objetivo de conseguir el 100%.

LOS MAMERTOS PRIVADOS. Esta subespecie posee, además de las características propias de la especie, la cuota de maldad extra que le da el hecho de ser ellos los patrones, los dueños directos del poder sobre los empleados. Así, desde febrero hasta diciembre del 2005, durante once meses, tuve que solicitar mi certificado de prestación de servicios de buena manera, llorando, rogando, gritando, exigiendo. Lo que pasaba era que los susodichos mamertos privados no habían hecho las cosas muy bien que digamos y, como en el papel que yo pedía debían figurar, entre otras cosas, los aportes jubilatorios que ellos no habían hecho, no les convenía entregarme la constancia con esos casilleros en blanco. Delicias de ser una simple empleada en relación de dependencia de una empresa educativa no estatal.

LOS MAMERTOS ESTATALES. En diciembre de 2005, elevé mis papeles al Ministerio de Educación de la Provincia del Chubut. Y como hace ya muchos años que hago trámites, conozco los bueyes con que aro, por lo que a la semana llamé por teléfono para ver si la documentación estaba en orden. Así me enteré de que los papeles que había exigido a los mamertos privados, no eran necesarios para mi trámite: solo hacía falta que enviara un certificado que yo ya tenía… Lo envié inmediatamente, y a la semana volví a telefonear.

GRACIELA. Reclamar ante el patrón estatal tiene la ventaja y la desventaja de que una no le ve la cara ni sabe quién es. En general, la negociación se realiza con un simple empleado estatal, igualito a una. Fue así que comenzó mi relación de amor-odio con Graciela (aunque ganas no me faltan, no voy a escribir su verdadero nombre, porque tan mala no soy). Voz de jovencita tenía Graciela, cuando me atendió como la responsable de las acreditaciones de antigüedad. Sonó simpática cuando me dijo que estaba todo en orden, que estaba un poco atrasada, que la llamara en enero.

ENERO 2006. En enero, comencé a llamar a Graciela una vez por semana. Me costaba encontrarla, porque ella iba cambiando de horario cada vez. Como era del Plan TRABAJAR… Las veces que la encontré, Graciela me dijo con su voz angelical que ya estaba por empezar con lo mío, que no me hiciera problema. Su amabilidad me permitió atreverme a pedirle si podía sacar la cuenta de cuánta antigüedad se iba a sumar a la que ya cobraba. Me prometió que lo haría. Así pasó enero, mientras ella me esperanzaba y yo le creía.

FEBRERO 2006. Empecé a impacientarme. Mis charlas animadas con Gra empezaron a necesitar que me esforzara por conservar la calma y el trato cordial. Mis llamadas empezaron a ser cada vez más seguidas, debido a que en febrero nos presentamos en la escuela y podía hacerlas desde allí por un sistema de red que no le cuesta ni un peso a nadie. En la secretaría de la escuela empezaron a mirarme raro cada vez que intentaba comunicarme con el Ministerio. “Vengo a hacer mi trámite”, decía y empezaba a ejecutar la odisea de comunicarme con Rawson. “¿Todavía estás con eso?”, me preguntaban.

MARZO 2006. Dejé de ser simpática y comencé a exigir amablemente que por lo menos Graciela me informara cuántos meses más de antigüedad iban a corresponderme. La llamaba todos los días. A veces se me escabullía. La secretaria me miraba mientras yo hablaba con Graciela. “¿Cómo la tratás tan bien?”, me preguntaba. “Es un ejercicio místico”, le explicaba.

EL ESTALLIDO. Un día de marzo, Graciela me dijo: “Están mal los papeles, vas a tener que enviarlos de nuevo” Entonces estallé. Le grité, le exigí, le reproché, le enumeré la sarta de mentiras con que me había engatuzado y le dije que quería hablar con su jefa. Graciela se asustó y me prometió que ella iba a solucionar todo, que no hacía falta que hablara con su jefa.

ABRIL 2006. La llamé varias veces, sin encontrarla, hasta que directamente pedí hablar con la jefa. La jefa estaba al tanto y con voz preocupada me informó que lo que pasaba era que Graciela no encontraba mis papeles. – No puedo creerlo – dije. – Los estamos buscando.- me dijo la jefa de Graciela. – Igual no hay problema, porque son los mismos que están en mi legajo. – … – ¿Sí? ¿Hola…? – Es que el problemita es que Graciela perdió su legajo… – ¿¿¿Qué??? – Pero lo está buscando, ¿eh? – Snif, buáaaaaa…. – Cálmese, por favor…

MI LEGAJO. El legajo que perdió Graciela, tenía TODOS los certificados de prestación de servicios de TODAS las escuelas por las que pasé a lo largo de TODA mi carrera docente. Perderlo, es como dejar de existir. – ¿Y así pasa Graciela por la administración pública, perdiendo legajos, sin que nadie le diga nada? – pregunté histéricamente a la jefa al día siguiente. – Es que ella es del Plan Trabajar, entonces es más difícil… Lo que necesitamos es que nos envíe los originales, así los legalizamos y… – ¿¿¿¿Los originales???? ¿Y quién me garantiza que no los pierdan esta vez? – …

EN RAWSON. A los dos días, fui a Rawson con mis originales – de los que no pensaba separarme- y me paré en Mesa de entradas. Un señor hablaba con una jovencita sobre un trámite de antigüedad. SUPE que era ella. El señor se fue, me acerqué y le pregunté: – ¿Vos sos Graciela? – Sí… – Yo soy Fela Tylbor. – … (glup) – Vos perdiste mi legajo.- le dije mirándola fijo a los ojos. – Yo no lo perdí – dijo con cara de mosquita muerta. – Sí lo perdiste. Pero no voy a hablar con vos ahora. Solamente quería verte la cara. Llamá a tu jefa.
Mientras saboreaba el placer de mis palabras-puñaladas, desde las oficinas se acercaba una señora con una mantilla rosa y cara de buena. Era la jefa de Graciela. “Soy Fela Tylbor”, le dije.
Ella me sonrió con preocupación y trató de disculparse. Yo le mostré mis originales, los fotocopió y me dijo que la semana siguiente ya estaría todo terminado. Mientras me hablaba, a mí me daban ganas de abrazarla. Ella me explicaba las dificultades del papelerío y yo pensaba en lo lindo que sería tomarme unos mates y contarnos cosas de la vida. Es bueno encontrar gente buena y responsable en la administración pública. Lástima que también existan las mamertas Gracielas invadiendo los escritorios.

COMIENDO PERDICES. Mi antigüedad fue aprobada y pasó a sueldos. De sueldos a contaduría. De contaduría a tesorería. Y de ahí a mis bolsillos. A principios de julio de cobré la mayor parte del retroactivo de antigüedad adeudada.
Ahora vivo feliz y como perdices, hasta que el próximo mamerto se asome en mi vida.
Y COLORÍN COLORADO, ESTE CUENTO HA TERMINADO.
¿HA TERMINADO?

Síntesis de la primera y la segunda parte: Se define al mamerto como aquella persona que se dedica a recibir lo que la vida y los demás le den, sin hacer demasiado esfuerzo. Se lo compara con una ameba, como un ser de movimientos lentos e ineficaces, sin decisión ni voluntad. La autora narra una serie de sucesos que la enfrentaron con una variada gama de esta especie, al tener que hacer trámites en La Plata y en Puerto Madryn.

Cuando una menos lo espera, los mamertos pueden volver a atacar. Así son ellos de astutos: esperan el momento en que una está distraída, con la guardia baja, para avanzar con su sarta de acciones inútiles, lentas y obstaculizantes.
Esta vez, la mamerteada duró un año y cinco meses. Y en este punto es necesario aclarar algunos detalles que ayuden a comprender el empecinamiento que me impulsó a llevar esta batalla hasta las últimas consecuencias, es decir, hasta ganarla.
El tema fue mi antigüedad en la docencia. Todos sabemos que ser antiguo o antigua, no suena muy bien. Se asocia con ser retrógrado o simplemente viejo. Pero si hablamos de trabajo, la antigüedad es un punto a favor, un bonus que, a medida que aumenta, hace que el sueldo crezca. Y eso, a todos nos gusta.
Rondaba yo los 18 años y medio de antigüedad. Haber educado niños y adolescentes durante tamaña cantidad de años, me hacía adjudicataria del 80% de antigüedad. Para cobrar el glorioso 100%, debía esperar a cumplir los 20 años de trabajo. Sucedió que una compañera me contó que el tiempo trabajado en la educación privada, podía contabilizarse para aumentar la antigüedad en la educación estatal. Saqué la cuenta, y eso sumaba un año y medio, dando como resultado… ¡20 años de antigüedad! Así comencé mi peregrinación de mamerto en mamerto, con el objetivo de conseguir el 100%.

LOS MAMERTOS PRIVADOS. Esta subespecie posee, además de las características propias de la especie, la cuota de maldad extra que le da el hecho de ser ellos los patrones, los dueños directos del poder sobre los empleados. Así, desde febrero hasta diciembre del 2005, durante once meses, tuve que solicitar mi certificado de prestación de servicios de buena manera, llorando, rogando, gritando, exigiendo. Lo que pasaba era que los susodichos mamertos privados no habían hecho las cosas muy bien que digamos y, como en el papel que yo pedía debían figurar, entre otras cosas, los aportes jubilatorios que ellos no habían hecho, no les convenía entregarme la constancia con esos casilleros en blanco. Delicias de ser una simple empleada en relación de dependencia de una empresa educativa no estatal.

LOS MAMERTOS ESTATALES. En diciembre de 2005, elevé mis papeles al Ministerio de Educación de la Provincia del Chubut. Y como hace ya muchos años que hago trámites, conozco los bueyes con que aro, por lo que a la semana llamé por teléfono para ver si la documentación estaba en orden. Así me enteré de que los papeles que había exigido a los mamertos privados, no eran necesarios para mi trámite: solo hacía falta que enviara un certificado que yo ya tenía… Lo envié inmediatamente, y a la semana volví a telefonear.

GRACIELA. Reclamar ante el patrón estatal tiene la ventaja y la desventaja de que una no le ve la cara ni sabe quién es. En general, la negociación se realiza con un simple empleado estatal, igualito a una. Fue así que comenzó mi relación de amor-odio con Graciela (aunque ganas no me faltan, no voy a escribir su verdadero nombre, porque tan mala no soy). Voz de jovencita tenía Graciela, cuando me atendió como la responsable de las acreditaciones de antigüedad. Sonó simpática cuando me dijo que estaba todo en orden, que estaba un poco atrasada, que la llamara en enero.

ENERO 2006. En enero, comencé a llamar a Graciela una vez por semana. Me costaba encontrarla, porque ella iba cambiando de horario cada vez. Como era del Plan TRABAJAR… Las veces que la encontré, Graciela me dijo con su voz angelical que ya estaba por empezar con lo mío, que no me hiciera problema. Su amabilidad me permitió atreverme a pedirle si podía sacar la cuenta de cuánta antigüedad se iba a sumar a la que ya cobraba. Me prometió que lo haría. Así pasó enero, mientras ella me esperanzaba y yo le creía.

FEBRERO 2006. Empecé a impacientarme. Mis charlas animadas con Gra empezaron a necesitar que me esforzara por conservar la calma y el trato cordial. Mis llamadas empezaron a ser cada vez más seguidas, debido a que en febrero nos presentamos en la escuela y podía hacerlas desde allí por un sistema de red que no le cuesta ni un peso a nadie. En la secretaría de la escuela empezaron a mirarme raro cada vez que intentaba comunicarme con el Ministerio. “Vengo a hacer mi trámite”, decía y empezaba a ejecutar la odisea de comunicarme con Rawson. “¿Todavía estás con eso?”, me preguntaban.

MARZO 2006. Dejé de ser simpática y comencé a exigir amablemente que por lo menos Graciela me informara cuántos meses más de antigüedad iban a corresponderme. La llamaba todos los días. A veces se me escabullía. La secretaria me miraba mientras yo hablaba con Graciela. “¿Cómo la tratás tan bien?”, me preguntaba. “Es un ejercicio místico”, le explicaba.

EL ESTALLIDO. Un día de marzo, Graciela me dijo: “Están mal los papeles, vas a tener que enviarlos de nuevo” Entonces estallé. Le grité, le exigí, le reproché, le enumeré la sarta de mentiras con que me había engatuzado y le dije que quería hablar con su jefa. Graciela se asustó y me prometió que ella iba a solucionar todo, que no hacía falta que hablara con su jefa.

ABRIL 2006. La llamé varias veces, sin encontrarla, hasta que directamente pedí hablar con la jefa. La jefa estaba al tanto y con voz preocupada me informó que lo que pasaba era que Graciela no encontraba mis papeles. – No puedo creerlo – dije. – Los estamos buscando.- me dijo la jefa de Graciela. – Igual no hay problema, porque son los mismos que están en mi legajo. – … – ¿Sí? ¿Hola…? – Es que el problemita es que Graciela perdió su legajo… – ¿¿¿Qué??? – Pero lo está buscando, ¿eh? – Snif, buáaaaaa…. – Cálmese, por favor…

MI LEGAJO. El legajo que perdió Graciela, tenía TODOS los certificados de prestación de servicios de TODAS las escuelas por las que pasé a lo largo de TODA mi carrera docente. Perderlo, es como dejar de existir. – ¿Y así pasa Graciela por la administración pública, perdiendo legajos, sin que nadie le diga nada? – pregunté histéricamente a la jefa al día siguiente. – Es que ella es del Plan Trabajar, entonces es más difícil… Lo que necesitamos es que nos envíe los originales, así los legalizamos y… – ¿¿¿¿Los originales???? ¿Y quién me garantiza que no los pierdan esta vez? – …

EN RAWSON. A los dos días, fui a Rawson con mis originales – de los que no pensaba separarme- y me paré en Mesa de entradas. Un señor hablaba con una jovencita sobre un trámite de antigüedad. SUPE que era ella. El señor se fue, me acerqué y le pregunté: – ¿Vos sos Graciela? – Sí… – Yo soy Fela Tylbor. – … (glup) – Vos perdiste mi legajo.- le dije mirándola fijo a los ojos. – Yo no lo perdí – dijo con cara de mosquita muerta. – Sí lo perdiste. Pero no voy a hablar con vos ahora. Solamente quería verte la cara. Llamá a tu jefa.
Mientras saboreaba el placer de mis palabras-puñaladas, desde las oficinas se acercaba una señora con una mantilla rosa y cara de buena. Era la jefa de Graciela. “Soy Fela Tylbor”, le dije.
Ella me sonrió con preocupación y trató de disculparse. Yo le mostré mis originales, los fotocopió y me dijo que la semana siguiente ya estaría todo terminado. Mientras me hablaba, a mí me daban ganas de abrazarla. Ella me explicaba las dificultades del papelerío y yo pensaba en lo lindo que sería tomarme unos mates y contarnos cosas de la vida. Es bueno encontrar gente buena y responsable en la administración pública. Lástima que también existan las mamertas Gracielas invadiendo los escritorios.

COMIENDO PERDICES. Mi antigüedad fue aprobada y pasó a sueldos. De sueldos a contaduría. De contaduría a tesorería. Y de ahí a mis bolsillos. A principios de julio de cobré la mayor parte del retroactivo de antigüedad adeudada.
Ahora vivo feliz y como perdices, hasta que el próximo mamerto se asome en mi vida.
Y COLORÍN COLORADO, ESTE CUENTO HA TERMINADO.
¿HA TERMINADO?

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El diente · 5 marzo 2007, 23:27

, Fela Tylbor , Comentarios

Estaba yo transitando las vicisitudes de ponerme coronas en la boca, como consecuencia de no haberme cepillado tan bien como hubiera debido los dientes en mis años mozos, mi adicción genética a los dulces y la mala suerte de haber caído en manos de patéticos dentistas. Estaba yo, entonces, yendo al dentista para que me hiciera las numerosas pruebas de colores de porcelana, tamaños y formas de los protagonistas de mi futura inmaculada sonrisa.
El consultorio del dentista. En las paredes, cuadros con pinturas naif intentando, quizás, atenuar los descarnados sucesos que allí acontecen. Las pinturas con florcitas, gatos y niños correteando bucólicamente conviven con terroríficos cuadros de muelas y dientes, en los que se ve cómo esas inmensas raíces se incrustan dentro de nuestras encías. Lo demás: el sillón, que se ofrece confortablemente a recibir nuestro cuerpo; la luz, la piletita con agua y vasito descartable; algún mueble sobre el que hay órdenes de consulta, pomitos con pastas, además de las típicas dentaduras postizas; la mesita con los instrumentos con que nuestro odontólogo trabajará en nuestra cavidad bucal y lo peor de toda la fauna inerte que habita el lugar, colgando de un soporte al que está unido con una especie de manguera y terminando en una punta que pronto comenzará a girar sobre nuestra dentadura: el torno.
Además de taladrarnos, el torno tira bocanadas de aire que nos ahogan y chorros de agua que el plastiquito absorbedor que nos ponen en la boca no alcanza a sacar del todo. Pero lo que más hace el torno es ruido. Un ruido estremecedor que viene de afuera hacia los tímpanos y desde adentro de los huesos hasta el cerebro.

Este era el paisaje que frecuentaba en los tiempos en que había tomado la decisión de cambiar esos dientes eternamente manchados que se resistían a mejorar con las limpiezas dentales, por relucientes coronas. Para lograr esto, uno de los pasos previos a la obtención de la sonrisa deslumbrante, requiere la colocación de dientes provisorios mientras el especialista va preparando los definitivos.
Estaba yo caminando por la calle, con mis dientes provisorios puestos, cuando me encontré con un amigo con el que entablamos una conversación mientras caminábamos unos metros juntos. Los metros compartidos incluyeron cruzar una calle. La conversación que mantuvimos incluyó una de mis típicas carcajadas estruendosas. La combinación de cruzar la calle y mi risotada, en un segundo, hizo que uno de mis dientes provisorios saliera disparado en el medio de la Marcos A. Zar. – Esperá que se me cayó un diente – dije con la boca entrecerrada a mi amigo, deteniéndolo en medio de la calle, e invitándolo con un gesto a que me ayudara a buscarlo.
Sin salir de su asombro, colaboró conmigo a mirar el asfalto (en las buenas y en las malas se ve la verdadera amistad), hasta que encontramos mi adorada pieza dentaria. Me puse como pude el provisorio, me reí muy suavemente y le expliqué a mi amigo mis vicisitudes en el consultorio del dentista. – Ah, claro… – dijo y se fue con paso rápido hacia sitios más tranquilos que el de la calle Marcos A. Zar.

Más tarde, frente al espejo, me saqué el provisorio y me vi. Vi mi cara en el espejo, mi sonrisa adornada por un agujero negro infinito. Me vi sin el diente, me pensé sin dientes y me pregunté adónde estaba eso que soy. Si en el espejo, en las raíces que se afirmaban a mis encías, en la sonrisa que había tenido o en la que quería tener.

Me pregunto, también, quiénes somos los protagonistas de esta historia terrenal que estamos viviendo. Quién es la señorita de tallieur que camina llevando a cuestas sus hemorroides. Quién es el señor de traje impecable que lucha cotidianamente contra su caspa. Quién es el joven deportivo adicto a los chicles de menta para ocultar su mal aliento. Quién es la señora recién salida del gimnasio que se esconde detrás de los labios en ebullición colagenada.
Quiénes somos, cuando nos desnudamos y salen a la luz los secretos que más queremos esconder, las miserias que nos avergüenzan, las especulaciones ventajeras que jamás confesaremos, los egoísmos que tanto nos esforzamos en disimular, los prejuicios que decimos no tener, las sentencias que hacemos silenciosamente.
Quiénes somos cuando aparecemos así, desdentados, sin brillantes fachadas, delante de nosotros mismos.

Estaba yo transitando las vicisitudes de ponerme coronas en la boca, como consecuencia de no haberme cepillado tan bien como hubiera debido los dientes en mis años mozos, mi adicción genética a los dulces y la mala suerte de haber caído en manos de patéticos dentistas. Estaba yo, entonces, yendo al dentista para que me hiciera las numerosas pruebas de colores de porcelana, tamaños y formas de los protagonistas de mi futura inmaculada sonrisa.
El consultorio del dentista. En las paredes, cuadros con pinturas naif intentando, quizás, atenuar los descarnados sucesos que allí acontecen. Las pinturas con florcitas, gatos y niños correteando bucólicamente conviven con terroríficos cuadros de muelas y dientes, en los que se ve cómo esas inmensas raíces se incrustan dentro de nuestras encías. Lo demás: el sillón, que se ofrece confortablemente a recibir nuestro cuerpo; la luz, la piletita con agua y vasito descartable; algún mueble sobre el que hay órdenes de consulta, pomitos con pastas, además de las típicas dentaduras postizas; la mesita con los instrumentos con que nuestro odontólogo trabajará en nuestra cavidad bucal y lo peor de toda la fauna inerte que habita el lugar, colgando de un soporte al que está unido con una especie de manguera y terminando en una punta que pronto comenzará a girar sobre nuestra dentadura: el torno.
Además de taladrarnos, el torno tira bocanadas de aire que nos ahogan y chorros de agua que el plastiquito absorbedor que nos ponen en la boca no alcanza a sacar del todo. Pero lo que más hace el torno es ruido. Un ruido estremecedor que viene de afuera hacia los tímpanos y desde adentro de los huesos hasta el cerebro.

Este era el paisaje que frecuentaba en los tiempos en que había tomado la decisión de cambiar esos dientes eternamente manchados que se resistían a mejorar con las limpiezas dentales, por relucientes coronas. Para lograr esto, uno de los pasos previos a la obtención de la sonrisa deslumbrante, requiere la colocación de dientes provisorios mientras el especialista va preparando los definitivos.
Estaba yo caminando por la calle, con mis dientes provisorios puestos, cuando me encontré con un amigo con el que entablamos una conversación mientras caminábamos unos metros juntos. Los metros compartidos incluyeron cruzar una calle. La conversación que mantuvimos incluyó una de mis típicas carcajadas estruendosas. La combinación de cruzar la calle y mi risotada, en un segundo, hizo que uno de mis dientes provisorios saliera disparado en el medio de la Marcos A. Zar. – Esperá que se me cayó un diente – dije con la boca entrecerrada a mi amigo, deteniéndolo en medio de la calle, e invitándolo con un gesto a que me ayudara a buscarlo.
Sin salir de su asombro, colaboró conmigo a mirar el asfalto (en las buenas y en las malas se ve la verdadera amistad), hasta que encontramos mi adorada pieza dentaria. Me puse como pude el provisorio, me reí muy suavemente y le expliqué a mi amigo mis vicisitudes en el consultorio del dentista. – Ah, claro… – dijo y se fue con paso rápido hacia sitios más tranquilos que el de la calle Marcos A. Zar.

Más tarde, frente al espejo, me saqué el provisorio y me vi. Vi mi cara en el espejo, mi sonrisa adornada por un agujero negro infinito. Me vi sin el diente, me pensé sin dientes y me pregunté adónde estaba eso que soy. Si en el espejo, en las raíces que se afirmaban a mis encías, en la sonrisa que había tenido o en la que quería tener.

Me pregunto, también, quiénes somos los protagonistas de esta historia terrenal que estamos viviendo. Quién es la señorita de tallieur que camina llevando a cuestas sus hemorroides. Quién es el señor de traje impecable que lucha cotidianamente contra su caspa. Quién es el joven deportivo adicto a los chicles de menta para ocultar su mal aliento. Quién es la señora recién salida del gimnasio que se esconde detrás de los labios en ebullición colagenada.
Quiénes somos, cuando nos desnudamos y salen a la luz los secretos que más queremos esconder, las miserias que nos avergüenzan, las especulaciones ventajeras que jamás confesaremos, los egoísmos que tanto nos esforzamos en disimular, los prejuicios que decimos no tener, las sentencias que hacemos silenciosamente.
Quiénes somos cuando aparecemos así, desdentados, sin brillantes fachadas, delante de nosotros mismos.

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Migajas · 9 febrero 2007, 22:34

, Fela Tylbor , Comentarios

Ahí va Susana, a revisar la bolsa de nylon con ropa sucia que los chicos trajeron después de pasar el fin de semana con el padre. A veces se pregunta qué pasaría si ella los llevara a la casa del papá con una bolsa con la ropa que usaron durante la semana. A veces se acuerda de la vez en que su ex agregó, junto a las medias y los joggings, las sábanas que ensuciaron los chicos. “¿Por qué no me traés para que lave también los platos que usaron para comer?”, gritó Susana por teléfono a ese hombre con el que sus hijos pasan algunos días, aprenden algunas cosas y se llenan de la tan necesaria imagen paterna.

Ahí va Mabel, rumbo a la psicopedagoga. Parece que Andrés anda con problemas en la escuela y mejor agarrarlo a tiempo. La psicopedagoga no atiende por la obra social y lo que cobra es bastante. Mabel cree que es un gasto extra. Su ex no lo cree. “Dejámelo a mí, que lo saco adelante”, dice el padre de Andrés por teléfono. Mabel sabe que como siempre sentarse con el chico a hacer la tarea va a durar como máximo dos encuentros. Por eso ha decidido pagar ella la psicopedagoga y dejar de discutir.

Ahí va Graciela, a llorar a lo de Sandra. “Harta me tiene con su doble mensaje. Yo trato de hacer como si nada pasara, pero ya no soporto más que los chicos vuelvan de lo del padre mirándome feo porque andá a saber qué cosas les dice de mí. Lo que pasa es que no se banca que yo esté feliz, en pareja. De alguna manera tiene que molestarme…”

Ahí va Patricia, con paso decidido, a pedir un turno con el abogado. Su ex hace rato no le pasa la cuota alimentaria tal como habían convenido. “Estoy sin trabajo”, le dijo. Después consiguió. “Ahora tengo que pagar los alquileres atrasados”, se disculpó dos meses más tarde. “¡Papi tiene una compu nueva con Speedy!”, contó feliz la menor después de visitar al ex de Patricia. “Qué bien”, murmuró la mamá “¿Te dio el antibiótico tu papá?” “Uh, no, pero no importa, ¿no, mami?” Estas son las imágenes que pasan por la cabeza de Patricia mientras toca el timbre del estudio jurídico.

Ahí va Sonia, el domingo, paseando con las nenas. “¿Por qué papi trabaja también los domingos?” pregunta Gisella. “No, tarada, no trabaja. Se va con la novia.”, le contesta Ximena. “Y vayamos con la novia”, dice Gisella. “No, con esa perra, no”, piensa Sonia. “¿Es tonta o se hace, má? A mí qué me importa, que él haga lo que quiera. Seguro que como el domingo pasado nos invitó a almorzar, ya está para él.” “Amor, hoy no te puedo ver, estoy con las nenas”, escribe Sonia en el mensaje de texto del celular.

“Federico está vomitando”, dice el ex de Mónica del otro lado del teléfono. Son las tres de la mañana y Mónica disimula la respiración agitada: estaba haciendo el amor. “¿Tiene fiebre?” “No.” ¿Cuántas veces vomitó?” “Una” “Bueno, esperá a ver si sigue vomitando y si sigue lo llevás a la guardia” “Esto pasa porque vos le das de comer porquerías”, sentencia el ex de Mónica un segundo antes de cortar. Ella se prende un pucho, suspira y mira a su amante que despacito está empezando nuevamente el juego.

Ahí van él y él y él, portadores del síndrome de Hansel y Gretel, llevando a la prole al centro del bosque para poder olvidarla. Como souvenir, él y él y él, les dejarán una bolsita con migajas para que se alimenten o intenten el camino de regreso, y así sentir menos culpa. Después de borrar sus huellas, él y él y él se lavarán las manos y volverán a la nueva vida que supieron conseguir.
Una vida con nuevas rutinas, nuevas responsabilidades, nuevos olvidos. Una nueva vida, lejos del pediatra, las reuniones de padres y los primeros amores adolescentes. Lejos de los desayunos apurados y las malas notas. Lejos de las plantillas, las ortodoncias, los viajes de egresados.
Con la seguridad de que las migajas son suficientes. Con la seguridad de que si no lo fueran, Mónica o Graciela o Patricia o Mabel o Susana, se las va a arreglar para criar a esos chicos, que para algo es la madre.

Nota: Ya sé que usted y usted y usted que son padres divorciados y están leyendo esta nota, están pensando que no puedo poner a todos en la misma bolsa de ropa sucia. Es cierto, seguramente hay excepciones que confirman la regla.

Ahí va Susana, a revisar la bolsa de nylon con ropa sucia que los chicos trajeron después de pasar el fin de semana con el padre. A veces se pregunta qué pasaría si ella los llevara a la casa del papá con una bolsa con la ropa que usaron durante la semana. A veces se acuerda de la vez en que su ex agregó, junto a las medias y los joggings, las sábanas que ensuciaron los chicos. “¿Por qué no me traés para que lave también los platos que usaron para comer?”, gritó Susana por teléfono a ese hombre con el que sus hijos pasan algunos días, aprenden algunas cosas y se llenan de la tan necesaria imagen paterna.

Ahí va Mabel, rumbo a la psicopedagoga. Parece que Andrés anda con problemas en la escuela y mejor agarrarlo a tiempo. La psicopedagoga no atiende por la obra social y lo que cobra es bastante. Mabel cree que es un gasto extra. Su ex no lo cree. “Dejámelo a mí, que lo saco adelante”, dice el padre de Andrés por teléfono. Mabel sabe que como siempre sentarse con el chico a hacer la tarea va a durar como máximo dos encuentros. Por eso ha decidido pagar ella la psicopedagoga y dejar de discutir.

Ahí va Graciela, a llorar a lo de Sandra. “Harta me tiene con su doble mensaje. Yo trato de hacer como si nada pasara, pero ya no soporto más que los chicos vuelvan de lo del padre mirándome feo porque andá a saber qué cosas les dice de mí. Lo que pasa es que no se banca que yo esté feliz, en pareja. De alguna manera tiene que molestarme…”

Ahí va Patricia, con paso decidido, a pedir un turno con el abogado. Su ex hace rato no le pasa la cuota alimentaria tal como habían convenido. “Estoy sin trabajo”, le dijo. Después consiguió. “Ahora tengo que pagar los alquileres atrasados”, se disculpó dos meses más tarde. “¡Papi tiene una compu nueva con Speedy!”, contó feliz la menor después de visitar al ex de Patricia. “Qué bien”, murmuró la mamá “¿Te dio el antibiótico tu papá?” “Uh, no, pero no importa, ¿no, mami?” Estas son las imágenes que pasan por la cabeza de Patricia mientras toca el timbre del estudio jurídico.

Ahí va Sonia, el domingo, paseando con las nenas. “¿Por qué papi trabaja también los domingos?” pregunta Gisella. “No, tarada, no trabaja. Se va con la novia.”, le contesta Ximena. “Y vayamos con la novia”, dice Gisella. “No, con esa perra, no”, piensa Sonia. “¿Es tonta o se hace, má? A mí qué me importa, que él haga lo que quiera. Seguro que como el domingo pasado nos invitó a almorzar, ya está para él.” “Amor, hoy no te puedo ver, estoy con las nenas”, escribe Sonia en el mensaje de texto del celular.

“Federico está vomitando”, dice el ex de Mónica del otro lado del teléfono. Son las tres de la mañana y Mónica disimula la respiración agitada: estaba haciendo el amor. “¿Tiene fiebre?” “No.” ¿Cuántas veces vomitó?” “Una” “Bueno, esperá a ver si sigue vomitando y si sigue lo llevás a la guardia” “Esto pasa porque vos le das de comer porquerías”, sentencia el ex de Mónica un segundo antes de cortar. Ella se prende un pucho, suspira y mira a su amante que despacito está empezando nuevamente el juego.

Ahí van él y él y él, portadores del síndrome de Hansel y Gretel, llevando a la prole al centro del bosque para poder olvidarla. Como souvenir, él y él y él, les dejarán una bolsita con migajas para que se alimenten o intenten el camino de regreso, y así sentir menos culpa. Después de borrar sus huellas, él y él y él se lavarán las manos y volverán a la nueva vida que supieron conseguir.
Una vida con nuevas rutinas, nuevas responsabilidades, nuevos olvidos. Una nueva vida, lejos del pediatra, las reuniones de padres y los primeros amores adolescentes. Lejos de los desayunos apurados y las malas notas. Lejos de las plantillas, las ortodoncias, los viajes de egresados.
Con la seguridad de que las migajas son suficientes. Con la seguridad de que si no lo fueran, Mónica o Graciela o Patricia o Mabel o Susana, se las va a arreglar para criar a esos chicos, que para algo es la madre.

Nota: Ya sé que usted y usted y usted que son padres divorciados y están leyendo esta nota, están pensando que no puedo poner a todos en la misma bolsa de ropa sucia. Es cierto, seguramente hay excepciones que confirman la regla.

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